Gestionar seriamente estos riesgos requiere mucho más que iniciativas aisladas. No basta con una charla de autocuidado o una actividad puntual de bienestar. Si las cargas siguen siendo desproporcionadas, si los liderazgos son deficientes o si las políticas internas solo existen para cumplir formalmente con exigencias regulatorias, cualquier intervención será cosmética e insuficiente.

En tiempos de alto desempleo, es muy tentador pensar que cualquier empleo es mejor que ningún empleo. Pero esa afirmación, aunque comprensible en lo inmediato, nos empuja a normalizar condiciones laborales dañinas. El desafío del país no es solo crear más empleo, sino crear mejor empleo.

El trabajo puede ser una tremenda fuente de bienestar, identidad y propósito. Pero cuando está mal diseñado, se convierte en una amenaza silenciosa. Si el trabajo puede llegar a matar, entonces mejorar su calidad deja de ser un lujo de recursos humanos para convertirse en una exigencia ética, social y económica.

Un buen trabajo no debería ser solo una fuente de ingresos, sino un lugar donde las personas quieran estar, y no simplemente un espacio donde deban resistir porque no tienen otra opción.