Nada nuevo bajo el sol. Hace 93 años, un académico alemán llamado Carl Schmitt, en su obra El concepto de lo político, enseñaba que “la distinción específica de lo político, la que caracteriza sus acciones y sus motivos, es la distinción entre amigo y enemigo”, que en síntesis “adquieren su sentido real por el hecho de que están en conexión con la posibilidad real de matar físicamente. La guerra sigue siendo la forma extrema de realización de la enemistad”.

Schmitt, a quien injustamente motejaron como “el abogado del Reich” por su justificación teórica del Tercer Reich, tiene en nuestros tiempos a insignes seguidores de izquierda, como Chantal Mouffe y, en Chile, a Fernando Atria. Sí: el fenómeno de la radicalización afecta, como vemos, a ambos polos y lo vivimos en ambos procesos constitucionales. La “batalla cultural”, al fin, no es sino caer en el juego de la dialéctica marxista, en la que hay solo buenos y malos, un error para quienes estamos en la defensa de ideas de libertad y dignidad que caracterizan a la derecha liberal.

En ese juego, las derechas radicales, en esta lógica de algoritmos, han decido extremar posturas, lo que supone la renuncia de la política en lo público, porque la respuesta a los problemas políticos encontraría en sus propias cámaras de eco la justificación a sus actos. Después de todo, la cámara de resonancia no necesita más que al propio sujeto reafirmándose consigo mismo. El problema es que quienes no queremos dicha polarización hemos normalizado aceptar el mote de “cobardes”, “amarillos”, “pusilánimes” que nos imponen los radicales.

El concepto de “derecha cobarde” nació en España, en VOX, y sus aventajados discípulos chilenos –uno de ellos excandidato presidencial– nos han motejado groseramente de tal forma, ante la algarabía de sus defensores. La verdadera valentía, al contrario, no consiste en estar en batalla permanente contra un enemigo real o imaginario –la cultura woke o la Agenda 2030 de la ONU, por ejemplo– sino en ser capaces de salir del espacio de protección propio y buscar puntos de entendimiento en la virtud, pensando en el bienestar de los chilenos. La “derecha cobarde”, paradójicamente, resulta ahí más valiente que la que se niega a ver la diversidad de la vida y de las posturas ajenas.

La derrota de la tolerancia, del diálogo y de la variedad, nos llevaría, como tan preclaramente describía el trovador cubano, a esos días terribles, llenos de animales remotos que devoran y devoran primaveras, asesinos del mundo.