La educación enfrenta una encrucijada. Podemos seguir abordando sus síntomas de manera fragmentada o asumir que estamos ante una crisis de autoridad, de comunidad y de sentido. Recuperar la disciplina sin reconstruir los vínculos será insuficiente, pero pretender fortalecer la convivencia sin restituir la autoridad tampoco será posible.

Lo que está en juego no es solo el orden en las salas de clase, sino el tipo de sociedad que estamos formando.