El pasado fin de semana, Barcelona se convirtió en el epicentro de la política progresista. La IV reunión “En defensa de la democracia” reunió a jefes de Estado y líderes de izquierda en un encuentro que, más que ser protocolar, buscó enviar una señal clara: dejar de pedir perdón por ser de izquierda, reorganizar fuerzas y reinstalar las ideas del progresismo frente a la deshumanización de la ultraderecha. Con figuras como los mandatarios Pedro Sánchez (España), Claudia Sheinbaum (México), Luiz Inácio Lula da Silva (Brasil), Gustavo Petro (Colombia), Yamandú Orsi (Uruguay) y el expresidente chileno Gabriel Boric, el foro arrancó con un diagnóstico compartido: el orden global atraviesa una fase de tensión marcada por el ascenso de liderazgos conservadores, con Donald Trump como niño símbolo, aunque pocas veces mencionado de forma directa.

La cita, enmarcada en el foro Global Progressive Mobilisation, congregó a más de 5 mil representantes. Entre los acuerdos surgieron llamados a fortalecer el multilateralismo, asumir una responsabilidad en la defensa del orden internacional, y avanzar en la regulación del ecosistema digital, especialmente frente a la desinformación. La desigualdad, coincidieron, sigue siendo el principal combustible de la inestabilidad democrática.

Otro de los consensos entre los asistentes fue la necesidad de cambios en Naciones Unidas para ser incidentes frente a lo que está pasando en el mundo. Uno de los momentos más simbólicos fue la propuesta de renovar el liderazgo y reforzar la idea de que, por primera vez en sus 80 años de historia, el organismo sea encabezado por una mujer. Justo en la previa al interrogatorio de Michelle Bachelet en la Asamblea General.

Más allá de los discursos, Barcelona dejó una imagen concreta: la izquierda busca reagruparse. El objetivo no es menor: construir un bloque capaz de disputar influencia y marcar agenda en un mundo polarizado. Pero tal como advierte la profesora de la Universidad de Barcelona, Rommy Morales–en una columna en El Mostrador–, el desafío es reconstruir “las condiciones materiales y simbólicas” para que ese relato resulte verosímil.

“El progresismo puede recuperar palabras como redistribución, feminismo, paz o convivencia. (…) Pero si no recompone a la vez una experiencia social de credibilidad material, la promesa seguirá suspendida por encima de la vida ordinaria”, dice.