Hace pocos días nos enteramos de la resolución de la Corte Suprema tras la demanda presentada por la Asociación Gremial de Productores de Leche contra de The Not Company y su marca NotCo. El máximo tribunal determinó que ésta puede mantener su marca NotMilk, pero le prohibió utilizar la palabra leche y cualquier gráfica asociada a la industria lechera por constituir competencia desleal. Frente al fallo, ambas partes se mostraron satisfechas: Aproval celebró la protección hacia los productores lecheros, mientras que el CEO de Notco, Matias Muchnick, destacó como un triunfo que el producto y su nombre principal sigan intactos.

Más allá del resultado, la importancia de esta disputa legal radica en que se consideraron los argumentos de ambas partes. Han pasado cinco años desde que comenzó esta controversia. Cinco años que, en términos empresariales y en startups enfocadas en la innovación, equivalen a una transformación completa.

Cuando la demanda se presentó, el debate sobre alimentos plant-based recién comenzaba a instalarse; hoy es una conversación global, con consumidores mucho más informados, exigentes y conscientes de lo que compran. “Ambas partes pueden declararse ganadoras. Lo que emerge es un equilibrio que reconoce la trayectoria de sectores históricos, pero que también valida la irrupción de nuevas formas de hacer empresa”.

En ese tiempo evolucionó el producto, las marcas, la industria y el mercado. Varias de las prácticas, mensajes o recursos comunicacionales que generaron controversia, hoy no existen o han sido reemplazados por una narrativa más sofisticada. Lo que antes podía leerse como provocación, hoy se entiende mejor como parte de un proceso de ajuste propio de cualquier innovación que irrumpe en sectores tradicionales.

Y ahí está, precisamente, uno de los puntos más interesantes de este fallo: llega en un momento donde el conflicto original fue, en parte, resuelto por la propia dinámica del mercado. En todo este tiempo ambos mundos, el tradicional y el emergente, han aprendido a coexistir y, en cierta medida, delimitar sus espacios. Esta sentencia cierra un caso puntual, pero también fija un estándar.

Establece que innovar no exime de responsabilidades y que construir una marca (por más disruptiva que sea) no puede hacerse a costa de la confusión o del uso de códigos ajenos. Al mismo tiempo, el fallo no frena el desarrollo de un actor innovador ni cuestiona la legitimidad de su propuesta de valor. Al contrario, le permite seguir operando, adaptarse y crecer, porque lo que está en juego es la defensa de una industria y la capacidad de un ecosistema de abrirse a nuevas ideas sin perder reglas claras.

Quizás por eso ambas partes pueden declararse ganadoras. Lo que emerge es un equilibrio que reconoce la trayectoria de sectores históricos, pero que también valida la irrupción de nuevas formas de hacer empresa. En estos cinco años, el mundo cambió y si algo nos deja esta historia es una señal clara para el ecosistema emprendedor: innovar sigue siendo imprescindible, pero también lo es hacerlo con criterio para sostenerse en el tiempo.

Porque más allá de ajustes, restricciones o aprendizajes, lo cierto es que emprender, desafiar lo establecido y abrir nuevas categorías sigue siendo una de las fuerzas más valiosas para el desarrollo económico y social. Y eso, en sí mismo, merece ser protegido.