Cada mayo, el Mes del Mar vuelve a instalar en Chile la figura del capitán Arturo Prat Chacón como símbolo de patriotismo, deber y sacrificio. Sin embargo, reducir su legado únicamente al combate naval de Iquique del 21 de mayo de 1879 sería limitar el alcance histórico de un personaje cuya influencia trascendió el episodio que terminó convirtiéndolo en héroe nacional. Prat no solo encarnó el valor militar.

También representó una visión moderna del servicio público, del estudio profesional y de la importancia estratégica del mar para un país como Chile. En pleno siglo XXI, cuando el Indo-Pacífico se consolida como el principal eje económico y geopolítico del planeta, la figura de Prat adquiere una dimensión distinta y sorprendentemente contemporánea. En especial porque Chile, aunque muchas veces se percibe a sí mismo desde una lógica sudamericana y continental, es también una nación profundamente oceánica y globalizada.

Más del 90% de su comercio exterior se mueve por vía marítima y buena parte de sus vínculos económicos dependen de rutas que conectan directamente con Asia. En ese contexto, la relación entre las armadas de Chile y Japón ha adquirido un valor estratégico y simbólico que va mucho más allá de la cooperación militar tradicional. No deja de ser interesante que una de las armadas profesionales más importantes de Asia mantenga desde hace décadas una relación cercana con Chile.

Tras la Guerra del Pacífico, la experiencia naval chilena comenzó a ser observada con atención en distintos lugares del mundo, incluido Japón. El combate de Iquique y la campaña naval de 1879 fueron estudiados por oficiales extranjeros debido a las lecciones estratégicas que dejaban sobre control marítimo, bloqueo y proyección naval. En esos años, Japón atravesaba la modernización acelerada iniciada por la Restauración Meiji de 1868.

Tokio comprendió rápidamente que el dominio del mar sería esencial para evitar quedar subordinado a las potencias occidentales y en ese proceso las experiencias navales extranjeras comenzaron a ser analizadas con enorme detalle. La Armada Imperial Japonesa estudió doctrinas británicas, francesas y también algunos aspectos de la experiencia chilena, particularmente después del desempeño de la Escuadra chilena en la Guerra del Pacífico. Décadas más tarde surgiría un vínculo todavía más concreto.

En 1894 Chile vendió a Japón el crucero protegido “Esmeralda”, construido por los astilleros Armstrong en el Reino Unido. Rebautizado como “Izumi”, el buque participaría posteriormente en la guerra ruso-japonesa de 1904-1905, conflicto que transformó a Japón en la primera potencia asiática moderna capaz de derrotar militarmente a un imperio europeo. El antiguo buque chileno estuvo presente en operaciones vinculadas a la decisiva batalla de Tsushima, librada en mayo de 1905 entre la flota japonesa del almirante Tōgō Heihachirō y la escuadra rusa enviada desde el Báltico.

La relación naval entre Chile y Japón no terminó allí. Durante el siglo XX, ambas armadas desarrollaron intercambios profesionales, cooperación académica y vínculos institucionales permanentes. Oficiales japoneses han visitado instalaciones navales chilenas y delegaciones chilenas han participado en actividades en Japón, particularmente vinculadas a seguridad marítima, rescate, logística y navegación en escenarios complejos.

Y en años recientes, la creciente importancia estratégica del Indo-Pacífico ha reforzado aún más esos contactos. Esto no es casual. Japón depende críticamente de la estabilidad marítima global, ya que cerca del 99% de su comercio exterior se transporta por mar y aproximadamente el 90% de sus importaciones energéticas atraviesan rutas marítimas que pasan por zonas sensibles como el Mar del Sur de China o el estrecho de Malaca.

Aunque geográficamente distante, Chile comparte una lógica similar, como economía abierta y dependiente de la conectividad oceánica. Además, ambos países observan con atención el progresivo deterioro del escenario estratégico internacional: el aumento de la competencia entre Estados Unidos y China, la expansión naval china, la presión sobre Taiwán y la creciente militarización del Indo-Pacífico han devuelto al mar una centralidad geopolítica que durante años pareció diluirse tras el fin de la Guerra Fría. En ese escenario, la figura de Arturo Prat vuelve a adquirir vigencia, no solo por el sacrificio individual que simboliza para Chile, sino porque representa una comprensión temprana de algo que hoy vuelve a ser evidente para las grandes potencias: las naciones que descuidan su dimensión marítima terminan perdiendo capacidad estratégica, influencia económica y autonomía política.

Prat murió hace 147 años sobre la cubierta del monitor “Huáscar”, con apenas 31 años, pero el país marítimo que ayudó a forjar sigue existiendo. Y en un siglo marcado por la competencia naval, las rutas oceánicas y la disputa por el control del Indo-Pacífico, su legado parece dialogar cada vez más con el presente.