En 1973, el historiador estadounidense William Sater publicó en Estados Unidos un libro que ninguna editorial chilena se apuró en traducir: La imagen heroica en Chile. Arturo Prat, santo secular. El silencio no es difícil de entender.
Publicado el mismo año del golpe de Estado, el libro planteaba una pregunta central que no era precisamente bienvenida en un país donde las Fuerzas Armadas necesitaban de todos los símbolos con los que pudieran contar: ¿cómo y por qué los chilenos construyeron a Prat como héroe? Estudiar la construcción de un mito no es lo mismo que destruirlo pero, en ciertos contextos, la distinción importa poco. Recién el 2005, treinta y dos años después, el Centro de Estudios Bicentenario se animó a traducir este libro al español.
Aún entonces la recepción no fue del todo tranquila. Ante las críticas, el propio Sater tuvo que escribir una carta a El Mercurio para aclarar qué estaba diciendo realmente: que el acto de Prat no debía medirse por su eficacia en un combate concreto, sino porque había creado reglas de conducta que le significaron a su nación la victoria en la guerra. No era un ataque.
Era, si se lee con cuidado, casi lo contrario. Lo cierto es que la propuesta de Sater era mucho más aguda que un intento de “desmitificar” a Prat. Desmitificar sería fácil y varios lo han intentado ya; bastaría con señalar que su decisión de abordar el Huáscar fue militarmente inútil, que la Esmeralda estaba perdida de antemano, que murió sin cambiar el curso del combate.
Lo que Sater hace es más complejo que eso: pregunta por qué una sociedad eligió convertir ese acto en una imagen heroica fundacional, a qué necesidades respondió esa elección y qué dice eso de nosotros. La respuesta del historiador norteamericano es reveladora: la imagen heroica de Arturo Prat surge de una construcción genuinamente colectiva. Las élites, la prensa, la Iglesia, las Fuerzas Armadas, los educadores, la ciudadanía en su conjunto, todos encontraron en él valores con los que querían identificarse.
Abnegación, cumplimiento del deber, entrega por el bien común y el mejoramiento de la Patria, Prat encarnaba aquello que Chile quería ser, no solo algo que había ocurrido. Por eso pensar que el libro de Sater ataca a Prat es no entenderlo para nada. Lo que intenta es devolvernos la responsabilidad, haciendo lo que debe buscar siempre la Historia: no tanto hablarnos de lo que fuimos sino, desde el pasado, preguntarnos directamente qué queremos seguir siendo.
Cada 21 de mayo, esa pregunta sigue llegando a muchas salas de clase chilenas envuelta en papel celofán. Hay actos, hay discursos, hay niños que recitan el nombre de Prat y reproducen su gesta con la seriedad que los adultos esperan de ellos. Lo que rara vez hay es la pregunta que Sater nos deja abierta: ¿por qué elegimos a este hombre como el símbolo de lo que queremos ser?
No se trata de reemplazar la celebración por el escepticismo, ni de sustituir el orgullo por la sospecha. Se trata de algo más exigente y más democrático: permitir que cada generación se apropie de su historia, delibere sobre ella y decida conscientemente qué valores que esta inspira quiere llevar consigo al futuro. Eso no debilita a Prat como figura.
Lo convierte en algo mucho más valioso que un héroe intocable: lo convierte en una conversación democrática. Esa es, exactamente, una de las tareas que la formación ciudadana tiene pendiente en Chile: dar a los estudiantes las herramientas para hacerse las preguntas que una democracia necesita que sus ciudadanos sean capaces de hacerse. El 21 de mayo podría ser, cada año, una de esas oportunidades.
No se me ocurre mejor manera de conmemorar la gesta de Prat: hacer propia la posibilidad de seguir construyendo este país juntos, esa misma que él quiso legarle a Chile con sus actos en vida.