Y una sociedad que no comprende, es una sociedad que difícilmente puede exigir. Conocer nuestra historia no es un ejercicio académico, es una herramienta de defensa. Fortalecer la cultura no es un acto simbólico, es una forma de cohesión.
Invertir en educación no es una promesa de futuro, es una necesidad del presente. Solo así dejaremos de sorprendernos frente a decisiones que, en realidad, siguen patrones que se repiten una y otra vez. Porque, al final del día, la austeridad no se mide únicamente en cifras fiscales, sino en la forma en que sus efectos se distribuyen y en la capacidad de la sociedad para reconocer esa distribución.
Como decía mi abuelo, hombre de campo y de profunda sabiduría: los niveles existen, siempre han existido. Pero eso no impide que todos podamos compartir la cosecha. La verdadera discusión, entonces, no es si hay o no austeridad.
Es si esa austeridad se comprende, se comparte… o simplemente se impone.