Los psicólogos sostienen que una autoestima sana implica reconocerse tal como uno es: con fortalezas y debilidades. No consiste en sentirse superior ni inferior, sino en tener una visión equilibrada de sí mismo, que permita aprender de los errores sin convertir cada fracaso en una condena definitiva. Para ello hay que validar los esfuerzos, no solo los resultados; reforzar los logros y progresos; y evitar etiquetas negativas.
Algo parecido ocurre con las naciones, que construyen una identidad o una imagen de sí mismas a partir de su historia, sus instituciones, sus logros y frustraciones, del relato que elaboran sobre su pasado, presente y futuro. Esa autoimagen influye en su identidad, su cohesión social, la forma en que enfrentan el futuro. Determina su confianza para enfrentar nuevos desafíos y ser exitosa.
Hernán Godoy describía el carácter nacional chileno como una combinación de rasgos históricos y culturales que se han ido formando a lo largo del tiempo. Entre ellos destacaba algunos que conspiran contra nuestra propia percepción: la desconfianza interpersonal, el individualismo, el pesimismo y el “chaqueteo” hacia quien sobresale. Durante los últimos años se han multiplicado los diagnósticos catastrofistas y autocríticas desmesuradas.
“Cuándo se jodió Chile”, “Chile está en decadencia” “Chile se cae a pedazos”, “Chile está quebrado” (que según el presidente Kast sólo se trató de una forma coloquial de expresar las dificultades del país). Esas etiquetas o eslóganes se instalan en el debate público por dirigentes políticos, analistas y medios de comunicación, y construyen un relato muy negativo que afecta nuestra confianza. La “autoflagelación patriótica” es un castigo a todo Chile que practican personas que, contradictoriamente, se proclaman patriotas con amor por Chile, pero a renglón seguido describen al país como irremediablemente fracasado.
Esa ambivalencia no es nueva. Desde hace décadas, oscilamos entre el orgullo institucional y el malestar social; entre la euforia y el derrotismo; entre el tigre y el ratón. Y esa tensión se ha expresado también políticamente.
En los últimos 16 años los chilenos han votado sucesivamente por proyectos opuestos, a veces al extremo, alternando abruptamente entre distintas promesas de cambio, asociadas a una crítica extremadamente severa al proyecto anterior. ¿Esa autocrítica tan catastrófica de nosotros mismos, se condice realmente con los hechos y los datos? ¿Es Chile un país fracasado?
¿Nuestros indicadores en múltiples áreas, comparados con los de otros países equivalentes, son tan desastrosos? La evidencia comparada muestra a Chile como un país con progresos notables en los últimos 40 años y, por cierto, con dificultades por superar. En otra columna me referiré concretamente a diversos indicadores comparados que lo demuestran.
La crítica es indispensable para progresar. Ningún país mejora negando sus errores. El problema aparece cuando la autocrítica es desmesurada, deja de ser un impulso de superación y se transforma en una descalificación permanente de todo lo propio.
Porque una nación que pierde confianza en sí misma termina debilitando también su capacidad de avanzar. Los países necesitan una mirada equilibrada sobre lo que son. Ni triunfalismo ingenuo ni pesimismo o autocrítica terminal.
Requerimos liderazgos positivos, menos autoflagelantes y más conscientes de las capacidades del país y de los logros ya alcanzados por todos los chilenos. Ello facilitará el diálogo y el desarrollo.