Lo anterior se complementó con la privatización a un grupo económico del canal de televisión de la Universidad de Chile, cuya rectoría pasó a estar en manos de un académico de la Concertación; y con la “neutralización” del canal estatal (TVN) que por ley pasó a ser dirigido por un consejo que -por la forma de elección de sus miembros- aseguraba un permanente “veto” de directores de la oposición de derecha. De tal modo que no quedó ningún canal de TV que hiciese alguna oposición a la virtual administración del modelo económico heredado de la dictadura que hicieron los gobiernos concertacionistas. Y con los años esta derechización del liderazgo concertacionista comenzó a explicitarse francamente en ocasiones, pero sobre todo en libros o revistas y diarios dirigidos fundamentalmente a lectores de sectores sociales más altos.
Así, el poderoso exministro de Aylwin, el socialista Enrique Correa, reconocía en 1997 nada menos que “la transición conducida por una coalición de centroizquierda, legitimó un modelo económico liberal” (El Mercurio; 16-9-1997). Y en el mismo libro ya citado de 1997, Boeninger expresaba que el programa de 1989 de la Concertación, “sin perjuicio de sus evidentes propósitos electorales, tuvo el sentido más profundo de reducir el temor y la desconfianza del empresariado y de la clase media propietaria, condición necesaria para poder sostener, en democracia, el crecimiento sostenido de la economía logrado a partir de 1985. De este modo indirecto, el éxito económico postrero del régimen militar influyó significativamente en las propuestas de la Concertación” (Ibid.
; pp. 368-9). A su vez en 1999, uno de los principales ideólogos del mundo PS-PPD, Eugenio Tironi, escribió en otro libro (La irrupción de las masas y el malestar de las élites.
Chile en el cambio de siglo; Edit Grijalbo, Santiago) tesis que reproducían casi literalmente el pensamiento de Adam Smith: “La sociedad de individuos donde las personas entienden que el interés colectivo no es más que la resultante de la maximización de los intereses individuales, ya ha tomado cuerpo en las conductas cotidianas de los chilenos de todas las clases sociales y de todas las ideologías. Nada de esto lo va a revertir en el corto plazo ningún gobierno, líder o partido” (p. 36); y alabó –sin nombrarlo- a Pinochet y su obra económica: “Las transformaciones que han tenido lugar en la sociedad chilena de los 90 no podrían explicarse sin las reformas de corte liberalizador de los años 70 y 80 (…) Chile aprendió hace pocas décadas que no podía seguir intentando remedar un modelo económico que lo dejaba al margen de las tendencias mundiales.
El cambio fue doloroso, pero era inevitable. Quienes lo diseñaron y emprendieron mostraron visión y liderazgo” (pp. 60 y 162).
Lee también... Injuv: el semillero que se está secando Miércoles 08 Abril, 2026 | 15:50 Y para qué decir la verdadera apología de Pinochet y de su obra económica efectuada en 2000 por el entonces senador DC, Alejandro Foxley (que había sido ministro de Hacienda de Aylwin entre 1990 y 1994; y presidente del PDC entre 1994 y 1996; y que más tarde, entre 2006 y 2009, sería canciller del gobierno de Michelle Bachelet) a un revista elitista: “Pinochet realizó una transformación, sobre todo en la economía chilena, la más importante que ha habido en este siglo. Tuvo el mérito de anticiparse al proceso de globalización que ocurrió una década después, al cual están tratando de encaramarse todos los países del mundo.
Hay que reconocer su capacidad visionaria y la del equipo de economistas que entró en ese gobierno el año 73, con Sergio de Castro a la cabeza, en forma modesta y en cargos secundarios, pero que fueron capaces de persuadir a un gobierno militar –que creía en la planificación, en el control estatal y en la verticalidad de las decisiones- de que había que abrir la economía al mundo, descentralizar, desregular, etc. Esa es una contribución histórica que va perdurar muchas décadas en Chile y que, quienes fuimos críticos de algunos aspectos de ese proceso en su momento, hoy lo reconocemos como un proceso de importancia histórica para Chile, que ha terminado siendo aceptado prácticamente por todos los sectores. Además, ha pasado el test de lo que significa hacer historia, pues terminó cambiando el modo de vida de todos los chilenos, para bien, no para mal.
Eso es lo que yo creo, y eso sitúa a Pinochet en la historia de Chile en un alto lugar. Su drama personal es que, por las crueldades que se cometieron en materia de derechos humanos en ese período, esa contribución a la historia ha estado permanentemente ensombrecida” (Cosas; 5-5-2000). Esta es la primera parte de una serie de columnas titulada: Boric: ¿Último engaño “centroizquierdista”?