En tiempos en los que la información se vuelve abrumadora y reina la incertidumbre global, la tentación de clasificarlo todo de inmediato se vuelve casi ineludible. La guerra en Medio Oriente, con efectos significativos sobre el petróleo, los mercados y la cadena de suministros, se suma, en Chile, al inicio de un nuevo ciclo político y a una economía en recuperación. En este contexto, cada hecho parece exigir una lectura concluyente, como si su verdadero significado estuviera disponible desde el primer momento.

Pero rara vez ocurre así. La experiencia enseña que cuando los acontecimientos ocurren, no siempre sabemos si estamos frente a una amenaza duradera o a una corrección necesaria, pues lo que hoy parece una pérdida real puede convertirse mañana en una oportunidad todavía invisible. Esta reflexión me hizo recordar una antigua parábola china en la que a un campesino se le escapó su caballo.

Sus vecinos lamentaron su mala suerte, pero él respondió: “Mala suerte, buena suerte, ¿quién sabe? ”. Poco después, el caballo volvió acompañado de otros caballos salvajes y todos celebraron su buena fortuna, y el campesino respondió: “Buena suerte, mala suerte, ¿quién sabe?

”. Más tarde, su hijo sufrió un accidente al montar uno de los caballos, lo que todo el pueblo lamentó, y el campesino respondió: “Mala suerte, buena suerte, ¿quién sabe? ”.

Finalmente, la lesión de su hijo evitó que este fuera reclutado para la guerra, y la respuesta de su padre fue la misma: “Buena suerte, mala suerte, ¿quién sabe? ”. Esta parábola desarma así la idea de que podemos saber de inmediato si algo es fortuna o desgracia.

Dicha historia resulta especialmente atingente hoy, porque obliga a mirar con más distancia un escenario donde abundan las señales, pero escasean las certezas. El alza del petróleo, la volatilidad de los mercados y las correcciones en las proyecciones de crecimiento e inflación muestran que estamos en un momento sensible, pero no necesariamente lineal. No toda mala noticia anticipa una crisis mayor, ni toda señal auspiciosa confirma un buen rumbo.

A veces, lo más difícil no es actuar, sino resistir la ansiedad de emitir un juicio definitivo. En tiempos como estos, aceptar la incertidumbre sin convertir cada episodio en una sentencia puede ser una forma poco vistosa, pero muy valiosa, de inteligencia. No es fácil.

Vivimos en una cultura que premia la velocidad. Opinar rápido parece sinónimo de liderazgo y reaccionar primero se confunde con tener claridad. En tiempos de redes y opinión instantánea, incluso hechos dolorosos todavía en desarrollo corren el riesgo de llenarse de conclusiones apresuradas antes de que exista información suficiente.

Esa urgencia no siempre nace de la lucidez, sino de la incomodidad que produce no saber. Lo anterior vale para la política, para la economía y también para las empresas. En épocas volátiles, la presión por ajustar posiciones, rediseñar estrategias o corregir el rumbo puede ser muy alta.

En ocasiones, actuar rápido es indispensable, qué duda cabe. Pero muchas otras veces lo más razonable no es la premura, sino la pausa y la reflexión. Y ello no para quedarse inmóvil, sino para mirar mejor y distinguir entre una señal transitoria y un cambio estructural.

En materia fiscal, por ejemplo, no siempre una rectificación es una mala noticia. Lo ocurrido con el presupuesto del Ministerio de Seguridad, dejándose sin efecto el recorte del 3%, pudo leerse inicialmente como un tropiezo para el gobierno, pero terminó siendo una buena noticia para una prioridad especialmente sensible para Chile como es la seguridad. La prudencia, bien entendida, no es debilidad, sino una forma de fortaleza.

Exige disciplina para no sumarse al juicio del momento, humildad para reconocer lo que todavía no se comprende del todo y madurez para actuar sin aparentar certezas artificiales. Por eso, más que una invitación a la pasividad, el viejo proverbio chino puede leerse como una invitación a no apresurarse a decretar el sentido definitivo de lo que apenas comienza. A recordar que entre el hecho y su significado suele haber una distancia que solo el tiempo, la evidencia y el criterio ayudan a recorrer.

Porque buena suerte, mala suerte, ¿quién sabe?