El barco Antarctic Endurance escapa hacia isla Coronación con sus sistemas de rastreo apagados tras un enfrentamiento de seis horas. Activistas sabotearon las redes con anclas de gancho, mientras la Fundación Watson acusa a la Armada de Chile de actuar en “complicidad” con la industria pesquera. Lucas Ulloa Intveen [email protected] La tensión en el estrecho de Bransfield ha alcanzado un punto de no retorno.
Lo que comenzó el 31 de marzo recién pasado con un choque de naves ha escalado el 4 de abril a un enfrentamiento directo de seis horas que la Fundación Captain Paul Watson (CPWF) describe como una victoria táctica y un acto de defensa ecológica. Tras un intenso hostigamiento, el pesquero Antarctic Endurance se ha visto obligado a huir de la zona de pesca, apagando su sistema de identificación automática (AIS) para ocultar su rumbo hacia la isla Coronación. El nuevo incidente comenzó cuando activistas a bordo de botes de goma rápidos (RHIB) se aproximaron al coloso noruego para desplegar anclas de gancho diseñadas para enredarse y destruir las redes de arrastre.
Según Lamya Essemlali, líder de la campaña, el objetivo era detener la “aspiración” masiva de krill que las ballenas necesitan para sobrevivir. La respuesta de la tripulación del pesquero fue inmediata, utilizando mangueras de incendio de alta presión para repeler a los activistas. Sin embargo, el Bandero —el buque principal de la fundación— continuó la intervención lanzando más anclas, lo que obligó al pesquero a detener sus operaciones durante varias horas para inspeccionar los daños en sus redes.
El tenso diálogo Ante el sabotaje, la nave de Aker QRILL emitió una llamada de auxilio, provocando la intervención de la Armada de Chile. La alerta roja se encendió en la Capitanía de Puerto Soberanía tras recibir una denuncia radial del Antarctic Enabler, un buque pesquero noruego especializado en la captura de krill. El reporte era grave: la nave Bandero, de la Fundación Captain Paul Watson y bajo bandera de San Cristóbal y Nieves, estaba realizando maniobras peligrosas de obstrucción, llegando a efectuar lo que la Armada describió como un “abordaje”, poniendo en riesgo crítico la seguridad de la navegación.
Uno de los puntos más reveladores de este incidente ha sido la interceptación de las comunicaciones radiales. Según fuentes oficiales y el propio diálogo divulgado por la organización ambientalista, la Armada de Chile fue tajante en su advertencia al Bandero: “Ustedes han afectado la seguridad de la navegación y el derecho de otros buques a realizar actividades lícitas (…) Se les instruye a cesar toda interferencia y a mantener una distancia segura. El incumplimiento dará lugar a la adopción de nuevas medidas”.
La respuesta desde el puente del Bandero no fue una capitulación, sino una declaración de principios que ignora la normativa vigente. Un tripulante respondió a la Autoridad Marítima chilena asegurando que actúan bajo la Carta Mundial de la Naturaleza de la Onu y lanzando un dardo directo a la institucionalidad internacional: “No reconocemos la ciencia de la CCAMLR” . Según los activistas, el sistema de cuotas no considera que las ballenas dependen del krill para su supervivencia y califican la situación como una “bomba de tiempo ecológica”.
La intervención del Lientur Según el comunicado de la fundación del 4 de abril, fuerzas navales chilenas llegaron al lugar y utilizaron cañones de agua para alejar a los activistas del buque comercial. Esta acción desató una dura crítica por parte de Paul Watson, quien cuestionó la legalidad y la ética de la intervención estatal. “La Armada de Chile tiene el encargo de salvaguardar esta agua, no de proteger a las corporaciones que las están despojando.
Lo que vimos hoy no fue el cumplimiento de la ley, fue complicidad”, declaró el fundador de la fundación, capitán Paul Watson. Desde la fundación argumentan que las 27 naciones responsables de la gobernanza antártica están fallando en proteger al krill, lo que otorga a los individuos el “deber de actuar” cuando los gobiernos priorizan las ganancias sobre la preservación. Ante la negativa de los activistas a deponer su actitud, la Tercera Zona Naval ordenó el despliegue inmediato del Lientur, una unidad naval que ya se encuentra operando en el área de conflicto.
El despliegue fue informado en la página institucional y su objetivo fue asegurar el libre desarrollo de las actividades lícitas bajo el marco de la Convención para la Conservación de los Recursos Vivos Marinos Antárticos (CCAMLR). Este conflicto sitúa a Chile en una posición diplomática delicada. La Autoridad Marítima ya anunció que los hechos serán informados al Estado de bandera del Bandero y a la administración de la CCAMLR, siguiendo los protocolos del Sistema del Tratado Antártico y la Convención de las Naciones Unidas sobre el Derecho del Mar.
El botín: la “sangre del océano” ¿Qué justifica una acción tan arriesgada? La respuesta está en la biomasa del krill (Euphausia superba). Aunque la CCAMLR fija una cuota de 620.
000 toneladas anuales (aproximadamente el 1% de la biomasa total), los conservacionistas advierten que la concentración de la pesca en áreas específicas, como la Península Antártica, amenaza con colapsar la cadena alimenticia de ballenas, pingüinos y focas. Además, el krill es un aliado invisible contra el calentamiento global, capturando 12 mil millones de toneladas de carbono al año. Para Paul Watson, permitir que 13 supertrawlers de potencias como Noruega y China “aspiren” el océano es una negligencia que los gobiernos no están combatiendo.
“Este lugar no pertenece a ninguna empresa pesquera”, sentenciaron desde el Bandero en su último contacto radial. Para la Fundación Captain Paul Watson, lo que ocurre en las aguas cercanas a la Península Antártica es una “tragedia invisible” impulsada por la “rapacidad” de flotas industriales que están “aspirando” el ecosistema. El krill antártico (Euphausia superba) es definido como la columna vertebral de toda la red alimentaria antártica; desde las grandes ballenas hasta los pingüinos y aves marinas, todos dependen de la abundancia de este pequeño crustáceo para sobrevivir.
En la página web de la fundación, Paul Watson ha sido enfático en advertir sobre las consecuencias de esta actividad: “El krill es la sangre del mar. Sin ellos, las ballenas, pingüinos, peces y aves morirán de hambre, y el océano quedará en silencio”. Bajo esta premisa, la organización justifica su presencia en la zona para establecer un “precedente legal de intervención” y hacer cumplir las leyes de conservación allí donde, según ellos, los gobiernos se niegan a actuar.
Un futuro de confrontación Con el arribo del Lientur al sector, se espera que la tensión física disminuya, pero la batalla legal y mediática sólo está comenzando. La Asociación de Compañías de Cosecha de Krill Responsable (ARK) ha condenado el ataque como una violación a los estándares de seguridad marítima internacional. La Fundación Captain Watson ha prometido que no dará marcha atrás.
Con la flota noruega en retirada y la Armada chilena con el Lientur en medio del conflicto, el estrecho de Bransfield se confirma como el campo de batalla más crítico para el futuro de la biodiversidad global.