Este 27 de abril, Carabineros de Chile cumple 99 años desde su fundación. Casi un siglo de historia institucional no es una cifra menor. Es, en rigor, una vida entera al servicio del país, marcada por una noble tradición de entrega, disciplina, presencia territorial y vocación pública.

En cada ciudad, pueblo, ruta, frontera o emergencia, la figura del carabinero ha sido parte del paisaje cotidiano de Chile. Para muchas comunidades, especialmente en regiones extremas o zonas aisladas, Carabineros no ha sido solo una institución policial, sino también la primera respuesta del Estado. Sin embargo, llegar a los 99 años también obliga a mirar la historia completa.

No solo la épica, no solo los desfiles, no solo los aniversarios solemnes ni las ceremonias con uniforme impecable. También exige observar las heridas, las controversias, los errores y las crisis que han golpeado la imagen corporativa de la institución. Porque Carabineros llega a este aniversario con una carga compleja: reconocimiento social, pero también cuestionamientos; valoración ciudadana, pero también exigencias profundas de modernización, transparencia y control.

Durante los últimos años, la institución ha sido parte de uno de los debates más intensos del país. Hubo momentos en que se habló incluso de refundarla. La expresión no fue menor.

Se instaló en la discusión pública y política como una forma de responder a una crisis de confianza, especialmente tras episodios que tensionaron su relación con la ciudadanía. Para algunos, refundar era sinónimo de borrar y comenzar de nuevo. Para otros, era una señal peligrosa, porque podía debilitar a una institución esencial en medio de un país que ya comenzaba a enfrentar una delincuencia más violenta, más organizada y más desafiante.

El tiempo demostró que el problema no podía resolverse con consignas. Ni con defensa corporativa ciega, ni con condena permanente. Chile necesita a Carabineros, pero no a cualquier Carabineros.

Necesita una policía respetada, profesional, moderna, sometida a estándares democráticos, protegida cuando cumple la ley y sancionada cuando se aparta de ella. Esa es la ecuación difícil, pero indispensable, de cara al centenario. Porque una institución policial no puede vivir solo de su historia.

La historia importa, da identidad y sentido de pertenencia, pero no basta para responder a los desafíos actuales. Hoy Chile enfrenta delitos más complejos, crimen organizado, homicidios más violentos, narcotráfico territorial, migración irregular asociada a redes ilícitas, comercio ilegal, contrabando y una ciudadanía que exige seguridad en las calles. Frente a ese escenario, Carabineros debe contar con herramientas, formación, tecnología, respaldo jurídico y condiciones laborales acordes a la magnitud de su tarea.

Pero también debe comprender que la autoridad, en democracia, no se sostiene únicamente por el uniforme. Se sostiene por la legitimidad. Y la legitimidad se construye todos los días: en el trato con la comunidad, en el respeto a los procedimientos, en el uso proporcional de la fuerza, en la transparencia interna, en la capacidad de corregir errores y en una formación que combine firmeza operativa con criterio, humanidad y respeto irrestricto a los derechos de las personas.

El próximo centenario de Carabineros debería ser algo más que una conmemoración institucional. Debiera ser una oportunidad país. Una pausa seria para preguntarnos, sin prejuicios ni cálculos pequeños: ¿qué quiere Chile de Carabineros?

¿Quiere una policía sobreexigida, criticada desde lejos y abandonada en recursos? ¿Quiere una institución encerrada en sí misma, resistente a los cambios y sostenida solo por la tradición? ¿O quiere una policía republicana, cercana, eficaz, moderna y respetada?

Esa pregunta no puede responderla solo Carabineros. También debe responderla el Estado, que durante años ha pedido más presencia policial sin resolver del todo temas de dotación, remuneraciones, carrera funcionaria, salud mental, formación, infraestructura y tecnología. Debe responderla la política, que muchas veces usa a Carabineros como bandera según la conveniencia del momento.

Y debe responderla la sociedad, que exige seguridad, pero también debe entender que detrás del uniforme hay personas, familias, jornadas extenuantes y riesgos reales. Carabineros debe cambiar donde tenga que cambiar. Debe modernizarse sin complejos, fortalecer sus controles internos, mejorar sus estándares de formación y recuperar plenamente la confianza donde esta se haya debilitado.

Pero Chile también debe dejar de mirar a su policía desde trincheras ideológicas. Una democracia madura no destruye sus instituciones esenciales: las reforma, las exige y las fortalece. A 99 años de su fundación, Carabineros llega al umbral de su centenario con una misión doble.

Por una parte, honrar su tradición de servicio a la patria. Por otra, demostrar que está preparado para los tiempos que vienen. El país necesita una institución capaz de enfrentar la delincuencia con eficacia, pero también de relacionarse con la ciudadanía con respeto y transparencia.

El centenario no debiera ser solo una fecha para mirar el pasado. Debiera ser el punto de partida de un nuevo pacto entre Chile y Carabineros. Un pacto donde la institución asuma con seriedad sus desafíos internos y donde el Estado deje de postergar las condiciones necesarias para que la seguridad pública funcione.

Porque la pregunta de fondo no es si Chile necesita a Carabineros. La pregunta verdadera es qué tipo de Carabineros está dispuesto Chile a construir para los próximos cien años.