Transcurrido un tiempo razonable desde la elección de Kast como Presidente, resulta evidente que Chile hoy no tiene oposición. No una oposición real. No una que comprenda el lugar que ocupa, que lea el momento histórico y que sea capaz de ofrecer al país una alternativa política en sintonía con el siglo XXI, y no con la nostalgia de un pasado que ya no volverá.

Lo que existe es otra cosa: fragmentos, inercias, estructuras vacías que sobreviven más por costumbre que por convicción. Y, en medio de ello, las pequeñas miserias humanas —esas que, como bien cantaba Serrat, se posan inevitablemente sobre los párpados yertos— terminan por colonizarlo todo. Este fenómeno no es exclusivo de la oposición.

También alcanza a los partidos de gobierno, lo que, lejos de exculpar, agrava el diagnóstico. Ni siquiera estos conservan hoy la capacidad de moderar el rumbo. Han perdido densidad política y autonomía, tensionados por nuevas hegemonías internas que los obligan a disciplinarse bajo sospecha permanente.

No me detendré en la derecha. Sus disputas me resultan irrelevantes. Lo verdaderamente importante —y peligrosamente invisibilizado en medio del desorden general— es que aquí no se perdió simplemente una elección: se perdió la mayoría del país.

Y, lo que es peor, se perdió la capacidad de preguntarse por qué. La autocrítica ha sido sustituida por su negación. Se le teme.

Se la caricaturiza como una concesión al adversario, como si el silencio o la autoindulgencia no constituyeran, en realidad, su mayor ventaja. Pero una oposición que no se examina no se reconstruye. Y una oposición que no se reconstruye, desaparece.

Aquí conviene ser más precisos: sin autocrítica no hay aprendizaje, y sin aprendizaje no hay corrección. Lo que queda no es política, sino repetición. Existen momentos que marcan inflexiones.

Para mí, uno de los signos más evidentes de esta involución fue la mera consideración de llevar a un símbolo del populismo a presidir la Cámara de Diputados. Aquello no fue solo un error: fue una señal. Hay límites en política, y cuando se cruzan, no se pierde únicamente una votación; se pierde el sentido mismo de la política, su jerarquía y su función.

Ese episodio no fue anecdótico, sino sintomático. Expuso la degradación del respeto institucional, la disolución del concepto de representación y la distancia creciente respecto de cualquier proyecto serio de país. Porque ese es el problema de fondo: la ausencia de proyecto.

No por falta de ideas. Las tradiciones socialdemócrata y socialcristiana siguen disponibles. Lo que ha faltado es su traducción contemporánea, su capacidad de operar en un entorno que cambió de forma estructural.

Y ese mundo —nos guste o no— ya no nos espera. ¿Qué piensa hoy la oposición sobre la revolución de la inteligencia artificial? ¿Debe regularse o se dejará su configuración en manos de grandes concentraciones de poder?

¿Qué posición existe respecto del dominio de las plataformas, la transformación del trabajo o las nuevas formas de producción de valor? ¿Qué lectura se hace de los conflictos internacionales, de los reequilibrios geopolíticos, del reordenamiento del poder global? Más allá de condenas morales —correctas pero insuficientes— la verdad es incómoda: no estamos comprendiendo el mundo.

Y cuando no se comprende el mundo, se pierde toda capacidad de incidir en él. En Chile ocurre lo mismo. La sociedad ha cambiado, pero la oposición no.

Continúa operando con categorías agotadas, aferrada a un pasado que fue exitoso, pero que terminó, en parte, por sus propias inercias. Partidos burocratizados, coaliciones vaciadas de contenido, estructuras que han dejado de representar algo más que a sí mismas. En ese vacío, otros ocupan el espacio.

No es casual que expresiones sin trayectoria ni densidad logren hoy interpelar más que la oposición tradicional. No es un accidente: es la consecuencia previsible de años de desconexión. En este punto, el contraste se vuelve inevitable.

Figuras como Gabriel Valdés no evocan nostalgia, sino estándar. Representaban densidad intelectual, comprensión del entorno y capacidad de articular proyecto y liderazgo. Ese estándar hoy ha desaparecido.

Lo que lo ha reemplazado es otra cosa: el conventilleo, la lógica de aparato, la justificación permanente de lo injustificable bajo la excusa del procedimiento, las ceremonias anacrónicas que funcionan como refugio frente a la realidad. Procedimiento sin contenido. Forma sin sustancia.

Y una política sin sustancia no orienta: solo administra su propia decadencia. Y es necesario decirlo con claridad: junto a la falta de ideas, el problema más grave es la ausencia de liderazgo. No se trata solo de que no existan liderazgos visibles.

Se ha perdido la capacidad de reconocerlos, formarlos y proyectarlos. Los partidos, capturados por sus propias lógicas, promueven perfiles funcionales a la estructura, no al país. Se privilegia la lealtad sobre el talento, la comodidad sobre el carácter.

El resultado es inevitable: sin proyecto y sin liderazgo, la oposición deviene irrelevante. Sé que este diagnóstico incomoda. Que habrá quienes prefieran ignorarlo.

Es legítimo. Pero también es irrelevante. Lo verdaderamente necesario es que esta conversación exista.

Porque, de lo contrario, será mejor sincerar desde ya el desenlace: buscar atajos, abrazar soluciones fáciles, y asegurar así un tránsito directo hacia la irrelevancia permanente. Hacia un punto en que ni siquiera se recordará qué se representaba, ni para quién. Chile no tiene oposición.

Y mientras no sea capaz de enfrentarse a sí misma, no la tendrá.