Con consumidores cada vez más atentos al origen, la calidad y las experiencias sensoriales, el té atraviesa una nueva etapa de valorización en Chile. Desde las variedades clásicas como el té negro hasta propuestas de especialidad, esta infusión se consolida como una alternativa versátil, asociada tanto a distintos momentos del día como a una creciente búsqueda de bienestar. Marzo, mes de retorno a la rutina laboral y académica, también abre espacio a la adopción de hábitos que permitan equilibrar el ritmo cotidiano.
En ese contexto, el ritual del té gana protagonismo como una pausa consciente dentro de la jornada, vinculada a la calma, la desconexión y el autocuidado. Chile no solo mantiene una fuerte tradición en torno al té, sino que también se posiciona como un actor relevante a nivel global. El país figura entre los cinco mayores consumidores del mundo, con un promedio que supera las 400 tazas por persona al año, equivalente a entre 80 y 90 litros.
Este nivel de consumo lo convierte, además, en el principal mercado de América Latina, muy por encima de otros países de la región e incluso de plazas históricamente asociadas a esta bebida. En paralelo, el té de especialidad ha comenzado a posicionarse con fuerza dentro del mercado. A diferencia de los blends masivos, estas variedades ponen el foco en el origen, la trazabilidad y los procesos artesanales, atributos cada vez más valorados por los consumidores.
Esta tendencia también se refleja en el desempeño de Dilmah, marca especializada en té de origen único de Ceylon. En particular, el té negro (uno de los más tradicionales) muestra un crecimiento cercano al 4,7% en el mercado, mientras que la compañía registra un alza de 13,4% al cierre de 2025, superando ampliamente el promedio de la categoría y evidenciando el renovado interés por esta bebida milenaria. Hoy, el té se integra de manera transversal en la vida cotidiana: desde una taza de English Breakfast para iniciar la mañana, hasta mezclas aromáticas o preparaciones frías durante la tarde.
A esto se suma el auge de la mixología basada en té, una tendencia que incorpora esta infusión en creaciones innovadoras, tanto con alcohol como sin él. Más que una bebida popular, el té se ha instalado como un elemento prácticamente universal en los hogares chilenos. Un 99% declara comprar té o infusiones, superando incluso al café en nivel de penetración, que alcanza un 95%, y consolidándose como la principal bebida caliente del país.
En esa línea, cerca del 90% de los hogares afirma consumirlo de manera habitual, lo que da cuenta de su carácter transversal en el consumo cotidiano. “Cuando se incorpora en una bebida, el té puede aportar aromas, frescura o estructura, dependiendo de la variedad que se utilice. Dependiendo de la variedad, puede entregar notas más frescas, más secas o incluso cierta astringencia que equilibra muy bien otros ingredientes”, explica Cristián Pastene, Dilmah brand representative & tea trainer.
En medio de este escenario, el segmento premium emerge como una de las principales tendencias del mercado. En los últimos cinco años, el té de mayor calidad ha registrado crecimientos de entre 10% y 15%, mientras que las proyecciones apuntan a una expansión sostenida de la categoría hacia 2034. Este impulso responde, en gran parte, a consumidores cada vez más interesados en el bienestar, el origen de los productos y la trazabilidad, junto con una creciente búsqueda de experiencias sensoriales más sofisticadas.
Más allá de sus formatos y variedades, el té se ha consolidado como un símbolo de bienestar cotidiano. Su riqueza aromática, sumada a la presencia de antioxidantes naturales, refuerza su vínculo con estilos de vida más conscientes. Así, preparar una taza deja de ser un gesto automático para transformarse en un ritual simple que invita a detenerse y reconectar en medio de la rutina diaria.