Puerto Varas acogió la semana pasada dos conversaciones que, aunque parecen separadas, hablan exactamente de lo mismo: el Salmon Summit y un ejercicio de prospección de escenarios futuros que SOFOFA desarrolla junto al Imperial College de Londres. En ambas hay una misma pregunta de fondo: ¿qué hace Chile con lo que tiene? No es casualidad que esta conversación ocurra aquí.
Chile genera cerca de US$8. 500 millones en exportaciones vinculadas a la economía azul, y el corazón de esa actividad está en la Región de Los Lagos. La acuicultura no llegó al sur por accidente: llegó porque el territorio, las comunidades y las capacidades construidas durante décadas hicieron posible una industria que hoy es estratégica para el país.
La acuicultura chilena es la segunda industria exportadora de alimentos del país y uno de los pocos rubros donde Chile tiene una posición global relevante. Pero esa posición no está garantizada. En el trabajo de escenarios que hemos venido construyendo con más de cien líderes sectoriales, aparecen con claridad las fuerzas que van a redefinir este sector en los próximos diez a veinticinco años.
La geopolítica concentra riesgos: Chile exporta una fracción desproporcionada de su producción mineral, forestal y agroalimentaria a un solo destino. Un arancel, una tensión comercial, un cambio regulatorio, y el impacto llega directo a los hogares chilenos y también a las costas del sur. Eso no es resiliencia; es fragilidad estructural.
El cambio climático ya no es una proyección: es un costo operacional presente. Las marejadas cierran puertos, las temperaturas alteran los ciclos productivos, y el estrés hídrico, incluyendo el efecto potencial de la desalinización minera sobre los ecosistemas costeros, nos recuerda que los sectores no operan en silos. Y, sin embargo, tenemos enormes oportunidades.
La economía azul, la capacidad de generar desarrollo sostenible desde el océano, no es un concepto abstracto ni una tendencia importada. Para Chile, con más de cuatro mil kilómetros de costa y una industria acuícola ya desarrollada, es una posibilidad concreta de liderazgo global. Pero el desafío ya no es solo producir más.
Es producir con más inteligencia, con ciencia, con más tecnología y mayor valor agregado y, quizás lo más urgente, necesitamos una regulación que no tarde décadas en adaptarse. Diecisiete modificaciones a la ley de pesca en veinte años no son señal de un sector dinámico: son señal de una política pública que no ha podido ponerse de acuerdo consigo misma. En SOFOFA creemos que ese acuerdo es posible, y que ejercicios como el que estamos esta semana nos trajo a Puerto Varas -con academia, empresa y mirada de largo plazo- son parte de cómo se construye.
El mar chileno tiene futuro. La pregunta es si tomamos las decisiones que ese futuro requiere.