Además, estos minerales tienen un carácter especialmente sensible, porque pueden ser utilizados en industrias y tecnologías vinculadas a escenarios de conflicto. Eso exige todavía más prudencia. Chile debe resguardar siempre un criterio de autonomía inteligente, evitando involucrarse o aparecer alineado de manera automática en disputas geopolíticas ajenas a sus intereses permanentes.
Nuestra política exterior debe sostenerse sobre una autonomía inteligente, no sobre la subordinación de los intereses nacionales a las prioridades estratégicas de una potencia extranjera. Y esa señal de dependencia no solo se expresa en este episodio sobre minerales críticos y tierras raras, sino también en otros hechos recientes: la impericia demostrada durante el cambio de mando, que ha tensionado innecesariamente la relación con Brasil, uno de nuestros principales socios comerciales, y la intervención desmesurada del embajador estadounidense Brandon Judd, quien incluso se permitió descartar públicamente el proyecto del cable chino antes de que lo hiciera una autoridad chilena. Las relaciones internacionales nunca habían incidido tanto en los asuntos domésticos como hoy.
Precisamente por eso, Chile necesita una diplomacia estratégica; una política exterior que fortalezca el multilateralismo, que cuide la neutralidad frente a conflictos externos y que defienda una autonomía inteligente en el desarrollo de nuestras relaciones económicas y diplomáticas. Lo contrario es proyectar la imagen de un país que renuncia a actuar con independencia y termina comportándose como si fuera un protectorado. Y eso, sin duda, está muy lejos de cualquier verdadero sentido patriótico.