¡Buenas tardes, estimados y estimadas tripulantes de este Universo Paralelo! “La inteligencia artificial está revolucionando la educación”. Es el tipo de frase con que comienzan muchas columnas de tecnología y titulares.
Usémosla también, pero con otro fin: preguntarnos si es verdadera. En 1922, Thomas Alva Edison declaró que el cine estaba “destinado a revolucionar el sistema educacional” y que en pocos años reemplazaría casi por completo los libros de texto. Edison no era cualquiera: era el inventor más influyente de su época, y el cine debía parecerle tan transformador como hoy nos parece la IA.
En enero de 2005, Nicholas Negroponte, fundador del MIT Media Lab, subió al escenario del Foro Económico Mundial en Davos –ese encuentro anual donde los líderes del mundo van a hablar del futuro– y presentó una idea que prometía cambiar la educación para siempre: un laptop de cien dólares, robusto, conectado, para cada uno de los 2 mil millones de niños del mundo sin acceso a educación. El proyecto se llamó One Laptop Per Child. Tuvo el apoyo de gobiernos, empresas tecnológicas y organismos internacionales.
No funcionó. La radio, los discos compactos, las computadoras, los MOOC (los cursos en línea masivos) son parte de una gran lista de tecnologías que prometieron revolucionar la educación para siempre. Y claro que han sido todas herramientas fundamentales, pero ¿revolución?
Steve Jobs, quien durante años donó computadoras a escuelas y creyó con genuina convicción que la tecnología podía transformar el aprendizaje, dijo en 1996: “Yo creía que la tecnología podía ayudar a la educación. Probablemente he liderado la donación de más equipos computacionales a escuelas que cualquier otra persona en el planeta. Pero he llegado a la inevitable conclusión de que el problema no es uno que la tecnología pueda esperar resolver”.
Desde la época de Edison hasta hoy, si uno se asoma por la ventana de una sala de clases, ve más o menos lo mismo. Cambian los materiales, cambian las vestimentas, pero hay niños sentados en pupitres y un adulto hablándoles frente a una pizarra. La forma más antigua de transmitir conocimiento que ha inventado nuestra especie parece obstinada en persistir.
¿Será esta la verdadera revolución? No podemos ignorar la IA. Sin duda es y seguirá siendo otra herramienta indispensable.
Pero ¿revolución? Me parece difícil sustituir la experiencia social guiada por una persona de nuestra misma especie. Dicho esto, los invito a leer a personas que de esto saben más que yo.
En esta edición contamos con las miradas de Cristian Celedón Gamboa, psicólogo, máster en Educación, Políticas Públicas y Equidad y director del Centro de Innovación Educativa de la Universidad Mayor; Florencia Álamos Grau, Ph. D en Neurociencia, directora ejecutiva de Fundación Kiri y miembro de Jóvenes Líderes Globales del World Economic Forum; Camilo Sánchez, geólogo y académico de la Escuela de Geología de la Universidad Mayor; Sofía Vargas, doctora en Ciencias; y la periodista Francisca Munita. Gracias por acompañarnos en este número de Universo Paralelo.
La inteligencia artificial dejó de ser una promesa lejana para instalarse de lleno en las salas de clase, tensionando formas tradicionales de enseñar, aprender y evaluar. Más que una herramienta, se ha convertido en un punto de inflexión: obliga a replantear qué significa aprender, qué vale la pena enseñar y cómo se construye el conocimiento en un entorno. Comenta y comparte este link.
Y si este número te llegó gracias a alguien que también se ha cuestionado cómo la inteligencia artificial está cambiando la educación, inscríbete aquí y continuemos explorando la ciencia y la tecnología que están transformando nuestro mundo. LA INTELIGENCIA ARTIFICIAL NO ES UNA HERRAMIENTA El dato incomoda: según Unesco, cerca del 60% de los empleos mundiales se verá afectado por la inteligencia artificial (IA). La OIT estima que 1 de cada 4 trabajadores ya está en ocupaciones potencialmente expuestas.
Y el BID lo plantea sin rodeos: la pregunta ya no es cómo integrar la IA en la educación, sino cómo salir de la era pre-IA. Sin embargo, en la educación superior chilena predomina una respuesta familiar: la alfabetización digital. En un país donde, según Google, más del 70% de las personas ya interactúa con ecosistemas de IA, muchas decisiones institucionales siguen ancladas en una premisa limitada: que la inteligencia artificial es una herramienta.
Esa idea –aparentemente inofensiva– es el problema. Reducirla a “herramienta” implica tratarla como un software más, un apoyo funcional que optimiza tareas existentes. Bajo esa lógica, proliferan capacitaciones docentes, cursos en mallas curriculares y manuales para usar chatbots en la gestión pedagógica.
Se enseña a usarla, pero no a entender lo que está cambiando con ella. El resultado es paradójico: mientras el discurso habla de transformación, la práctica busca conservar el statu quo. La IA entra al aula, pero solo para hacer más eficiente lo que ya hacíamos.
No para cuestionarlo. Pero la inteligencia artificial no es una calculadora más potente ni un procesador más rápido. Es un cambio de paradigma.
No solo automatiza tareas: reconfigura la forma en que producimos, validamos y distribuimos conocimiento. Interpela directamente la noción de cognición humana. El Consenso de Beijing ya advertía esto: la transformación digital en educación exige cambios estructurales profundos, no ajustes cosméticos.
Supone pasar de un modelo donde la tecnología extiende al humano, a uno donde humano y máquina colaboran desde capacidades distintas. Y esa distinción es clave. Hoy, muchas universidades siguen formando estudiantes para un mundo inexistente.
El propio BID advierte este desfase, mientras investigaciones del MIT alertan sobre el riesgo de una “deuda cognitiva”: una dependencia creciente de sistemas artificiales sin comprensión crítica. Frente a esto, la reacción más común ha sido intentar controlar el fenómeno. Regular o protocolizar el uso de la IA.
Como si el problema fuera el acceso a la tecnología y no las condiciones del aprendizaje. La lógica utilizada hasta hoy es sencilla, pero inocua: si la IA es usada para responder evaluaciones, entonces cambiemos la forma de evaluar. Pero rara vez nos preguntamos por qué ocurre esto.
¿Qué dice de nuestros modelos de enseñanza? ¿Qué revela sobre la autonomía intelectual que estamos formando? El dato vuelve a incomodar: según Unesco-IESALC, más del 50% de los estudiantes siente que no está preparado para enfrentar los desafíos de la IA.
No es un problema de acceso. Es un problema de sentido. Entonces, ¿qué hacemos?
No hay recetas simples, pero sí una certeza: no basta con enseñar a usar la IA. Tampoco con regularla. La alfabetización es necesaria, pero insuficiente.
El desafío es más profundo. Implica rediseñar la formación desde sus bases: qué entendemos por aprender, qué valoramos como conocimiento y qué tipo de pensamiento queremos desarrollar. Supone abandonar la ilusión de control y avanzar hacia modelos que integren la incertidumbre.
Unesco propone un camino: fortalecer la colaboración efectiva humano-máquina. No como consigna, sino como eje formativo. Esto exige marcos de competencias que no solo incluyan habilidades técnicas, sino también juicio crítico, ética, metacognición y capacidad interpretativa.
Porque en un entorno donde la información es abundante y generable, el valor ya no está en formular respuestas, sino mejores preguntas. La inteligencia artificial no es una herramienta. Es un nuevo contexto.
Y la educación que no lo entienda se está volviendo irrelevante. NO ES SOLO LA ROBÓTICA, ES LO QUE PASA ALREDEDOR Durante años, la conversación sobre educación y tecnología ha estado dominada por una pregunta que resulta insuficiente: ¿cómo incorporamos herramientas digitales en la sala de clases? Hoy, la discusión ya no puede centrarse únicamente en el “qué”, sino también en el “para qué” y el “cómo”.
Este giro ocurre en un contexto donde la convivencia escolar se ha transformado en una preocupación estructural: aumento de conflictos, dificultades en la regulación emocional y un progresivo desinterés de los estudiantes. Las soluciones no pueden limitarse a diagnósticos amplios o intervenciones superficiales, sino que se requieren acciones profundas y experiencias diseñadas con intencionalidad, que impacten dimensiones clave del desarrollo. La evidencia reciente sobre el programa RIEN (Robótica Integral Educativa y Neurociencia), de Fundación Kiri, ofrece una señal relevante.
Implementado en cuatro establecimientos de la Región Metropolitana, su evaluación muestra que la participación en talleres de robótica genera mejoras significativas en la integración social de los estudiantes, con un aumento de 4,23 puntos respecto de un grupo de control. Esto implica mayores capacidades para trabajar en equipo, colaborar, participar activamente y adaptarse a dinámicas grupales, que son habilidades esenciales para la vida escolar y, más adelante, para la vida laboral. A ello se suma un incremento en la motivación al logro, que se expresa en mayor persistencia, orientación a metas y disposición a enfrentar desafíos.
En un sistema educativo donde la frustración y la desmotivación son fenómenos extendidos, estos resultados no son menores. Un análisis internacional de 213 programas escolares de aprendizaje socioemocional estimó un efecto promedio de 0,57 puntos en habilidades socioemocionales. Es decir, los resultados de RIEN no solo se ubican por sobre ese referente, sino que también dentro del rango más alto reportado en la literatura especializada.
La pregunta entonces es evidente: ¿por qué la robótica genera estos efectos? La respuesta, paradójicamente, no está en la tecnología en sí misma. No son los dispositivos ni los lenguajes de programación los que explican los cambios, sino el tipo de experiencia que se construye en torno a ellos.
En los talleres de robótica, los estudiantes enfrentan desafíos progresivos, con objetivos claros y retroalimentación constante. La resolución de problemas deja de ser una tarea individual para convertirse en un proceso colectivo, que obliga a coordinarse, a escuchar, a negociar y a persistir. En ese espacio, lo cognitivo y lo socioemocional dejan de estar separados y se integran en una experiencia de aprendizaje significativa.
Este punto es crucial, porque desplaza el foco desde la herramienta hacia el diseño pedagógico. La robótica, en este caso, es un medio y lo central es la interacción que promueve. Cuando esa interacción está bien estructurada, los efectos no solo se observan en habilidades sociales, sino también en indicadores más tradicionales: reportan mayor asistencia, compromiso y mejoras en el rendimiento académico, incluyendo pruebas estandarizadas.
En Chile, la discusión educativa suele oscilar entre soluciones rápidas y reformas de gran escala que tardan en materializarse, mientras que iniciativas como RIEN ofrecen un camino intermedio y demuestran que es posible incidir en la convivencia y la motivación, a través de intervenciones acotadas, pero rigurosamente diseñadas. El desafío, entonces, no es solo llevar más tecnología a las escuelas, sino que también construir experiencias educativas donde el desarrollo de habilidades sociales y motivacionales sea un objetivo explícito y no un efecto colateral. De Marte a los océanos prehistóricos: esta semana, la ciencia reaviva la esperanza de encontrar vida fuera de la Tierra, de entender mejor la materia oscura y de avanzar en la lucha contra uno de los cánceres más agresivos.
Y, en medio de todo, surge una posibilidad inquietante: que monstruos marinos más grandes que un bus hayan existido realmente. Detectan señales químicas clave para la vida en Marte Tras analizar una roca de unos 3. 500 millones de años, científicos detectaron la mayor diversidad de moléculas orgánicas halladas hasta ahora en Marte.
Entre los compuestos hay estructuras complejas que en la Tierra se asocian a procesos previos a la vida. Aunque no es evidencia de organismos, el hallazgo refuerza la idea de que el planeta rojo tuvo condiciones químicas favorables para que la vida pudiera surgir en el pasado. Dato curioso: una de las moléculas detectadas, el benzotiofeno, contiene azufre, un elemento clave en procesos biológicos en la Tierra.
Publicado el 24 de abril de 2026. Conoce MÁS. Reavivan la esperanza contra el cáncer de páncreas Una vacuna personalizada basada en ARN mensajero y creada a partir de las mutaciones del tumor, logró activar defensas en pacientes y mantener a varios con respuesta prolongada durante años.
En paralelo, un fármaco experimental consiguió duplicar la supervivencia al primer año frente a tratamientos habituales. Aunque los resultados son iniciales, aparecen señales claras de progreso en una enfermedad donde las opciones siguen siendo muy limitadas. Dato curioso: este cáncer tiene una de las más bajas tasas de supervivencia entre los tumores más comunes.
Publicado el 23 de abril de 2026. Conoce MÁS. ADN antiguo revela grupo oculto de neandertales Un estudio genético descubrió lo que puede ser una de las muestras más claras hasta la fecha de una comunidad neandertal viviendo junta hace unos 100 mil años en lo que hoy es Polonia.
Los análisis indican que estos individuos compartían lazos genéticos entre sí y también con poblaciones repartidas por Europa y el Cáucaso, lo que revela linajes antiguos ampliamente distribuidos que luego desaparecieron. Dato curioso: el ADN mitocondrial –utilizado en este estudio– se hereda solo por vía materna, por eso permite rastrear linajes de madres e hijos incluso después de decenas de miles de años. Publicado el 22 de abril de 2026.
Conoce MÁS. El universo ya tiene su mayor mapa 3D de alta resolución El Dark Energy Spectroscopic Instrument (DESI) completó el mayor mapa tridimensional del universo, con más de 47 millones de galaxias y cuásares. Esta cartografía permite estudiar cómo se expande el cosmos y entender mejor la energía oscura, una fuerza invisible que impulsa esa expansión.
Cada punto del mapa representa una galaxia en la estructura a gran escala del universo. Dato curioso: la energía oscura constituye cerca del 70% del contenido total del universo. Publicado el 15 de abril de 2026.
Conoce MÁS. ÓRBITAS PARALELAS Pulpos gigantes pudieron habitar los océanos prehistóricos Un estudio sugiere que enormes cefalópodos, similares a pulpos, pudieron haber sido depredadores en los mares del Cretácico. A partir del estudio de restos fósiles como mandíbulas, los investigadores estiman que alcanzaban tamaños de hasta 19 metros de largo, comparables a los de un bus, compitiendo con grandes reptiles marinos.
Más información. Un nuevo telescopio promete mapear el universo como nunca La NASA presentó el telescopio espacial Nancy Grace Roman Space Telescope, diseñado para explorar enormes regiones del cosmos con una precisión inédita. Su objetivo será detectar exoplanetas y estudiar la energía oscura, clave para entender por qué el universo se expande cada vez más rápido.
Con un campo de visión mucho más amplio que otros telescopios, permitirá observar millones de galaxias en una sola toma. Más información. LA IMAGEN DE LA SEMANA NUEVAS FORMAS DE VER Y APRENDER Las tecnologías de la información y la comunicación (TIC) pueden mejorar el rendimiento académico y facilitar procesos educativos más contextualizados (Herman et al.
, 2026). Incluso podrían contribuir a reducir brechas, ampliando el acceso a oportunidades de aprendizaje (Shank y Cotten, 2014). Según la Unesco, las TIC han tenido un importante desarrollo en los sistemas educativos de América Latina, en donde se han impulsado estrategias para fortalecer la infraestructura digital en los sistemas educativos.
En Chile, iniciativas del Centro de Perfeccionamiento, Experimentación e Investigaciones Pedagógicas (CPEIP) han buscado avanzar en esta dirección, impulsando ambientes de aprendizaje con herramientas digitales y materiales abiertos para la implementación de aulas STEAM, MAJE y entornos digitales. En este contexto se sitúa la Imagen de la Semana en Universo Paralelo. Se trata de la digitalización del ala de una mosca, obtenida mediante un microscopio virtual desarrollado por el proyecto Micromundo.
A primera vista, la imagen podría parecer un patrón abstracto; sin embargo, es una estructura biológica real, accesible ahora desde cualquier dispositivo con conexión a internet, ofreciendo la posibilidad de estudiar y analizar una muestra en un microscopio. Para el Dr. Jorge Toledo, director de Micromundo y académico de la Universidad de Aysén, este tipo de herramientas permite democratizar el acceso a la observación científica.
No solo pueden ser utilizadas en aulas escolares o universitarias, sino también por investigadores, ampliando las posibilidades de exploración y aprendizaje sin las limitaciones del equipamiento físico tradicional. La evidencia sugiere que la microscopía virtual ha sido implementada con resultados positivos en docencia universitaria (Deepak, 2023). Sin embargo, no todo avance tecnológico implica automáticamente una mejora educativa.
La Unesco ha advertido que el uso excesivo o inadecuado de tecnologías puede afectar negativamente la concentración, la capacidad cognitiva y la calidad del aprendizaje. La tecnología, en este sentido, no es neutral: su impacto depende del contexto, del diseño pedagógico y de los objetivos educativos. El debate, por tanto, no es si usar o no tecnología en el aula, sino cómo y para qué hacerlo.
En un escenario donde los dispositivos son omnipresentes, el desafío no es solo incorporarlos, sino integrarlos de manera crítica y consciente para lograr cumplir los objetivos educativos globales, como la Educación para Todos de la Unesco y los Objetivos de Desarrollo Sostenible de la ONU. BREVES PARALELAS LA PERSONALIZACIÓN PROFUNDA QUE TRAE LA IA EN 2026 Este año la gran novedad no es solo usar IA, sino que esta se adapta al ritmo y estilo de cada alumno. Plataformas como Khanmigo detectan si el estudiante aprende mejor con ejemplos visuales, explicaciones cortas o ejercicios repetidos, y cambian el material al instante.
Estudios de Khan Academy muestran que los alumnos que usan estas herramientas mejoran alrededor de un 14% en pruebas estandarizadas. El 14 de abril, en Santiago, la Unesco lanzó el Observatorio de IA en Educación para que los países de América Latina compartan estas experiencias y las lleven a más escuelas. El resultado: clases que ya no son “una para todos”, sino un camino hecho a la medida.
LA ESCUELA SIN PROFESORES QUE CUESTA 55 MIL DÓLARES AL AÑO En 2026 abre en Chicago la Alpha School: 55 mil dólares anuales y una enseñanza basada principalmente en IA. Los alumnos dedican unas dos horas diarias al contenido académico y el resto del tiempo están con adultos llamados “guías”, que los motivan, dan apoyo emocional y dirigen talleres y actividades. La escuela afirma que con su sistema los niños aprenden más rápido.
Pero la polémica es fuerte: ¿esto es el futuro o un experimento riesgoso que elimina el contacto humano, la discusión y la resiliencia? En Chile, donde recién partió el Observatorio Unesco de IA en Educación, muchos se preguntan si vamos a copiar este modelo de lujo o si solo crearemos una brecha mayor entre ricos y el resto. RECOMENDACIÓN: PLANET EARTH IS BLUE “Planet Earth is blue, and there’s nothing I can do”, canta David Bowie en Space Oddity.
Y sí: vista desde la estratósfera, desde una nave espacial o desde las imágenes satelitales de los SUCHAI –satélites hechos en Chile–, la Tierra aparece como un planeta azul. No es casualidad: el océano cubre cerca del 70% de su superficie. Sin embargo, aunque vivimos en un planeta mayoritariamente oceánico, muchas veces seguimos mirando el mar como borde o solo como destino de nuestras próximas vacaciones.
Mirarlo de otra manera, como un sistema vivo e interconectado, complejo y fundamental para la vida, es la invitación de esta semana. ¿Cómo acercarnos al mar y a sus profundidades? Una forma de hacerlo es junto a una científica que ha buscado tender puentes entre el conocimiento científico y la sociedad.
Vida sumergida: por qué necesitamos el océano es el libro de Catalina Velasco, bióloga marina y exploradora de National Geographic, que nos aproxima al océano de manera clara y sensible, con ejemplos concretos. A lo largo de sus ocho capítulos y 115 páginas, la autora explica cómo está compuesto el océano, cómo funciona y por qué es uno de los principales aliados de la vida en la Tierra. Uno de sus protagonistas es el fitoplancton: organismos microscópicos que, aunque invisibles para la mayoría de nosotros, cumplen un rol fundamental en la producción de oxígeno, la captura de carbono y el equilibrio climático del planeta.
El valor del libro está justamente ahí: en hacer visible lo que suele permanecer sumergido y en ser un llamado a su protección y cuidado. Esta obra forma parte de la línea de divulgación científica de La Pollera Ediciones, que ha apostado por ensayos breves y cercanos. Algunos se leen más rápido que otros, pero todos comparten una virtud: nos acercan a temas presentes en nuestra vida cotidiana.
Además, esta serie mantiene precios relativamente accesibles, por debajo de los 15 mil pesos, facilitando el acceso a ensayos científicos sin que la lectura se vuelva un lujo. En ese sentido, Vida sumergida no solo invita a mirar el océano con curiosidad; también nos recuerda que la ciencia puede –y debe– estar al alcance de todas y todos. Y esto es todo en esta edición de Universo Paralelo.
Ya sabes, si tienes comentarios, recomendaciones, fotos, temas que aportar, puedes escribirme a universoparalelo@elmostrador. cl. Gracias por ser parte de este Universo Paralelo.
Mis agradecimientos al equipo editorial que me apoya en este proyecto: Fabiola Arévalo, Francisco Crespo, Francisca Munita, Ignacio Retamal, Camilo Sánchez y Sofía Vargas, y a todo el equipo de El Mostrador.