Esta semana el gobierno de José Antonio Kast ha ingresado su paquetazo económico que incluye fuertes rebajas tributarias y limitaciones a la discrecionalidad estatal en múltiples aspectos. La mirada oficialista sugiere que esta oportunidad política podría no repetirse en décadas; por ello están yendo con la pierna a la altura de la medallita. Si la rebaja de tributos y las invariabilidades para proyectos de inversión generan problemas fiscales, la carga se arreglará en el camino.

Aunque reducir el gasto es difícil, siempre es posible; lo primero es volver a crecer y generar empleos. La izquierda parece totalmente sorprendida y desorientada frente a lo que está ocurriendo. Tímidamente empiezan a salir algunos argumentos técnicos en oposición a la reforma, pero la credibilidad de esas voces está seriamente cuestionada cuando callaron frente a la irresponsabilidad fiscal del gobierno de Boric.

Es el burro hablando de orejas. Desde un punto de vista político todo parece haberse anclado en la idea de que esto favorecería al 1% más rico del país. La idea es simple y fácil de entender, pero es demasiado simple, tanto que se vuelve simplona.

Además, es un argumento gastado, era ese mismo 1% -“los poderosos de siempre”- los que se oponían a la reforma tributaria de Bachelet II que iba a solucionar todos nuestros problemas y no iba a afectar en nada a la economía del país. La gente no entiende, pero se acuerda. Todo parece indicar que la mega reforma se aprobará y que tendremos las ideas de la derecha siendo testeadas.

Una prueba de fuego para el sector, sobre todo que el ministro Quiroz se ha puesto metas exigentes: crecimiento convergiendo a 4%, desempleo de 6,5% (pleno empleo para estándares chilenos) y equilibrio fiscal al cabo de los cuatro años. Su compañero de cargo Gustavo Ross fue tan exitoso, “el mago de las finanzas”, que consiguió ser el abanderado de la derecha el 38. La historia es conocida, los números no bastaron (nunca bastan), y el Frente Popular llegó al poder.