Chile necesita hoy más de 600 familias de acogida para que cientos de lactantes y niños pequeños puedan crecer en un entorno familiar durante una etapa crucial de sus vidas. Aunque existen residencias y profesionales profundamente comprometidos con su bienestar, ningún sistema puede reemplazar por completo lo que una familia —en cualquiera de sus formas— puede entregar: amor cotidiano, apego, contención y la seguridad emocional indispensable para un desarrollo pleno. Lo sé no solo por convicción, sino también por experiencia propia.

Fui hermano de acogida durante más de 20 años, prácticamente desde que tengo memoria. Gracias al impulso de mis padres, y especialmente de mi madre —a quien nunca dejaré de agradecer ni admirar por su coraje, empatía y determinación en esta misión— aprendimos en casa que la familia no se define solo por la biología, sino también por la capacidad de amar, proteger y dar oportunidades. Recibir a un recién nacido no solo transforma su vida; transforma también la de quienes lo acogen.

Cada abrazo, cada noche en vela y cada gesto de cariño entregan algo irremplazable: la posibilidad de crecer sintiéndose amado, seguro y valioso. Muchas familias temen el momento de soltar. Pero el verdadero sentido del acogimiento está precisamente en eso: en amar sin posesión, en entregar estabilidad cuando más se necesita, aunque sea de manera transitoria.

No se trata de perder, sino de haber sido parte de una reparación profunda y justa. Chile tiene hoy una oportunidad concreta de cambiar historias y destinos. Si más familias —en cualquiera de sus formas— se atreven, y si entendemos que organizados podemos responder, podremos ofrecer a cientos de niños el mejor comienzo posible.

Porque, a veces, abrir el hogar por un tiempo puede cambiar una vida para siempre. Si alguien se anima, estaré feliz de compartir lo que ha significado para nosotros esta larga y hermosa experiencia familiar. Simón Boric Font.