Lo cierto es que la brecha existe, y eso hace que ambas formas de pago se mantengan. Esto es algo a lo que los negocios deben ofrecer opciones para el cliente digital y para el que prefiere el efectivo. Un negocio sin acceso a los pagos electrónicos perderá oportunidades de venta, pero las tiendas que digitalizan por completo sus sistemas también pueden perder clientes.

En este punto, todos hemos visto en las redes videos de personas quejarse de las cajas de autopago que solo reciben pagos con tarjetas o medios similares. Gastamos más cuando pagamos con el móvil Más allá de quién usa el móvil para pagar, hay un fenómeno que afecta a casi todos los que lo hacen: gastamos más cuando el dinero no se ve. La neurociencia lleva años estudiando este efecto.

Cuando pagamos con billetes, el cerebro activa zonas asociadas al dolor y la pérdida. Esa pequeña molestia nos frena y nos hace pensar dos veces si realmente necesitamos lo que estamos comprando. Con el móvil ocurre lo contrario: cuando usamos las tarjetas y los dispositivos móviles, se activan áreas del cerebro vinculadas al placer inmediato.

El acto de pagar se percibe casi como un premio, no como un coste. Al eliminar la fricción psicológica del efectivo, el famoso 'dolor de pagar' parece más pequeño. Y cuando duele menos, compramos más y aceptamos precios más altos sin rechistar demasiado.

Esa invisibilidad del dinero hace más fácil tomar malas decisiones financieras. Pagar un café con el móvil no se siente igual que soltar la misma cantidad en efectivo, aunque el resultado sea el mismo para tus finanzas. Lo bueno, lo malo y lo que ya no es privado Pagar con el teléfono tiene ventajas claras en seguridad, por ejemplo, la autenticación con huella dactilar o reconocimiento facial dificulta mucho que alguien pueda usar nuestro dinero si nos roban el dispositivo.

La tokenización, que toma el lugar de los datos reales de la tarjeta por códigos dinámicos, protege la información bancaria. Pero también han aparecido riesgos nuevos, como las estafas que ya no consisten en robarte la cartera, sino en engañarte para que autorices un pago desde tu propia aplicación. Además, cada transacción que hacemos deja una huella digital en bancos y administraciones que pueden rastrear nuestros movimientos financieros con mucho detalle.

El efectivo era anónimo; los pagos electrónicos no lo son.