Este enfoque permitió capturar la experiencia sonora de forma situada, integrando el contexto urbano y la percepción individual: «En urbanismo solemos pensar mucho en lo visual, en cómo se ve la ciudad. Pero el oído también es clave para el bienestar», planteó el Dr. Zumelzu.

Específicamente, la ciudad de Valdivia fue escogida como caso de estudio por sus características urbanas y ambientales, debido a que combina la presencia de ríos, vegetación y fauna con un aumento sostenido del tráfico vehicular, principal fuente de ruido urbano. Esta condición la convierte en un escenario especialmente pertinente para observar cómo conviven sonidos naturales y urbanos en la vida cotidiana. Los resultados mostraron que el ruido del tránsito vehicular fue la fuente sonora más frecuente y la que más se asoció a emociones negativas, como molestia, incomodidad y estrés.

En entornos más dominados por este tipo de sonidos, también aparecieron sensaciones como agotamiento, monotonía o alerta. En contraste, los sonidos de aves, del viento en los árboles y del agua —particularmente del río— se vincularon de manera consistente con emociones positivas. Entre ellas, tranquilidad, calma, disfrute, placer e incluso alegría, configurando paisajes sonoros percibidos como más agradables y favorables para el bienestar mental.

«El ruido del tráfico genera estrés, mientras que sonidos naturales pueden promover emociones positivas», agregó el Dr. Zumelzu. En esa línea, uno de los hallazgos más relevantes del estudio fue que, en ciertos espacios donde estos sonidos naturales estaban presentes, el ruido vehicular —aunque seguía existiendo— perdía protagonismo en la percepción de las personas.

Este fenómeno, descrito como «enmascaramiento informacional», sugiere que la calidad del paisaje sonoro puede influir en cómo se experimenta el entorno, incluso en contextos con altos niveles de ruido. Una dimensión clave para el diseño urbano Para las y los investigadores, estos hallazgos aportan evidencia clave para repensar la planificación y el diseño de los espacios públicos desde una perspectiva que incorpore la dimensión sonora. «Muchas veces pensamos en áreas verdes solo por lo que vemos, pero también importan los sonidos que generan», indicó la doctora Herrmann Lunecke.

Además, más allá de reducir el ruido, el estudio plantea la necesidad de considerar qué sonidos están presentes en la vida cotidiana urbana y cuáles pueden contribuir a una mejor experiencia de ciudad. En ese sentido, el paisaje sonoro aparece como un elemento clave en la calidad de vida y en la relación de las personas con su entorno: «La presencia de vegetación o de aves puede contribuir al bienestar de las personas», reafirmó la investigadora. La investigación también destaca que no solo los grandes parques cumplen un rol relevante: los espacios más pequeños, como plazas de barrio, calles arboladas, franjas vegetadas o entornos cercanos al agua, pueden generar paisajes sonoros positivos en la vida diaria.

Asimismo, los resultados abren la puerta a integrar estas consideraciones en políticas urbanas vinculadas a movilidad, planificación y diseño del espacio público. «Los grandes parques son importantes, pero gran parte de nuestra vida ocurre en espacios más pequeños, como la vereda o la plaza del barrio. Pensar estos lugares también desde el sonido puede ayudar a mejorar la calidad de vida en la ciudad», concluyó el Dr.

Zumelzu. Ahora, el equipo proyecta continuar investigando cómo distintos tipos de espacios urbanos, especialmente los de menor escala, pueden favorecer el bienestar mental con su presencia en el diario vivir, considerando no solo su disponibilidad, sino también su calidad y las experiencias sensoriales que ofrecen.