La academia, por su parte, ha identificado con claridad qué mecanismos sí funcionan para prevenir la violencia escolar. La evidencia apunta de manera consistente hacia programas que involucran activamente a docentes, estudiantes, familias y directivos: los llamados programas de escuela completa (whole-school approach). ¿Hasta cuándo permitiremos que se tomen decisiones que involucran a nuestros niños, niñas y adolescentes sin base en la evidencia?

Si disponemos de información que indica qué podría funcionar, ¿por qué insistimos en ir en dirección contraria? Es hora de dejar de hacer oídos sordos a lo que la evidencia hoy nos señala con fuerza.