Durante décadas, América Latina ha hablado de integración y la ha convertido en una aspiración permanente, pero pocas veces ha tenido una oportunidad concreta de llevarla a la práctica. El corredor bioceánico de Capricornio puede ser, precisamente, ese primer paso, que merece ser mirado no solo como una obra de infraestructura, sino como la primera oportunidad real de integración latinoamericana en sentido amplio. Es cierto que, en lo inmediato, su impacto logístico es evidente.

Un eje de aproximadamente 3. 500 kilómetros que une Brasil, Paraguay, Argentina y Chile, conectando el Atlántico con el Pacífico, puede reducir tiempos de transporte hacia Asia, bajar costos y reposicionar al norte de Chile como una plataforma logística regional. Esa sola dimensión ya es relevante.

Pero quedarse en esa lectura sería subestimar el verdadero alcance del proyecto. “Lo más valioso del corredor es que obliga a los países a coordinarse. No basta con construir puentes, caminos o accesos portuarios.

Para que funcione se requiere avanzar en aduanas integradas, interoperabilidad logística y conectividad. En otras palabras, exige que los Estados empiecen a pensar como una red. Ahí está su dimensión histórica”.

Lo más valioso del corredor es que obliga a los países a coordinarse. No basta con construir puentes, caminos o accesos portuarios. Para que funcione se requiere avanzar en aduanas integradas, digitalización de documentos, homologación de normas de transporte, sistemas coordinados de control fronterizo, interoperabilidad logística y mejor conectividad digital y energética.

En otras palabras, exige que los Estados empiecen a pensar como una red. Ahí está, precisamente, su dimensión histórica. Europa no se integró solo porque construyó mejores carreteras, trenes o compartir una sola moneda.

Se integró porque entendió que el desarrollo de sus pueblos dependía de crear reglas comunes, reducir fricciones, compartir capacidades y construir confianzas entre países vecinos. La infraestructura fue importante, pero fue un medio, no un fin. El verdadero salto estuvo en la decisión política de asumir que la integración podía generar más bienestar.

América Latina necesita una experiencia parecida, adaptada a su propia realidad. No se trata de copiar mecánicamente el modelo europeo, sino de entender la lógica que lo hizo exitoso: cuando varios países coordinan capacidades estratégicas, todos ganan escala y eficiencia. El corredor Capricornio puede ser el primer paso en esa dirección.

El ejemplo energético es muy claro. Una mayor integración eléctrica regional permitiría pensar en sistemas de respaldo compartidos, con menores costos para todos los países, en vez de obligar a cada uno a sobredimensionar por separado su propia capacidad. Lo mismo puede ocurrir con la logística, la infraestructura digital, los controles fronterizos e incluso el desarrollo de cadenas de valor vinculadas a minería, manufactura, agroindustria y servicios.

Desde Chile, este debate debería asumirse con visión estratégica. El norte grande no solo puede transformarse en una salida al Pacífico; puede convertirse en un nodo de articulación regional. Mejillones, Antofagasta e Iquique no debieran verse únicamente como puertos de transferencia, sino como parte de una plataforma capaz de conectar producción, energía, servicios, empleo e inversión entre varios países sudamericanos.

El riesgo está en abordar el corredor como una suma de obras, limitada al transporte de carga. Sería un error. El verdadero potencial del proyecto está en que puede inaugurar una nueva forma de relación entre países vecinos, más moderna y orientada al desarrollo conjunto de los pueblos.

Sudamérica ha tenido muchas declaraciones de integración, pero pocas oportunidades reales para empezar a construirla. El corredor bioceánico de Capricornio puede ser una de ellas. Y quizá la primera que, en concreto, permita pasar del discurso a los hechos.

Y, si se hace bien, puede terminar siendo bastante más que una ruta: puede ser el primer paso hacia una idea distinta de desarrollo para América Latina.