Señor director: En este momento del debate público conviene preguntarse cuál es el valor de la investigación científica. Cuando un presidente afirma públicamente que la investigación universitaria vale solo si genera empleos o productos económicos inmediatos y equipara los proyectos con libros empastados en la biblioteca, se refleja un profundo desconocimiento de cómo funciona la ciencia y cómo se construye el conocimiento que sostiene gran parte de nuestra vida cotidiana. El error de fondo es viejo (pero, por lo visto, no añejo): reducir el valor del conocimiento exclusivamente a sus aplicaciones técnicas o productivas.

La filosofía y la historia de la ciencia lo han diagnosticado desde hace tiempo. La historia de la ciencia desmiente esa reducción con incomodidad, ya que buena parte de las teorías científicas fundamentales no se han traducido en artefactos comercializables o incluso aplicaciones cotidianas directas e inmediatas, y muchos de los grandes inventos de la humanidad (de la imprenta a la máquina de vapor) no nacieron de teoría científica alguna. Ni Marie Curie, ni Charles Darwin, ni Rosalind Franklin, ni Albert Einstein, ni Humberto Maturana (entre muchos otros/as) tuvieron como propósito crear empleos.

A ellos los movía algo distinto: comprender fenómenos del mundo. El movimiento de los planetas, la herencia biológica, la estructura del átomo y la doble hélice del ADN, la organización de lo vivo, la geometría profunda del espacio-tiempo o la expansión del universo. Que algunas de sus teorías hayan terminado traduciéndose (décadas o siglos después) en tecnología o aplicaciones concretas fue un efecto tardío de una búsqueda cuya finalidad inicial era, simplemente, el conocimiento.

Ningún criterio de evaluación basado en empleos generados habría aprobado, en su momento, los proyectos que dieron lugar a esas teorías, o a discusiones cada vez más alineadas, como la física cuántica, la teoría general y la teoría del todo. El caso de la mecánica cuántica es ilustrativo. Cuando científicos como Schrödinger, Heisenberg o Dirac estudiaban la estructura de los átomos en los años 20, muchos podrían haber considerado esas investigaciones abstractas o incluso inútiles.

Sin embargo, décadas más tarde esas ideas permitieron desarrollar los semiconductores y transistores que hoy hacen funcionar nuestros teléfonos celulares, computadores y gran parte de la tecnología contemporánea. El dispositivo desde el cual buena parte de la ciudadanía sigue las declaraciones actuales sobre el valor de la investigación universitaria es, literalmente, una aplicación ¡tardía! de la investigación que en su momento no prometía empleo alguno y que cualquier evaluador economicista de aquella época podría haber descartado.

A este punto general conviene añadir uno específico. El libro no es la investigación, sino una forma de comunicar conocimiento. La investigación produce modelos teóricos, evidencia, desarrolla métodos, forma investigadoras e investigadores, y genera comunidades capaces de validar y criticar conocimiento.

Confundir un proyecto con el volumen físico que deja en una biblioteca es un error. Y no es un error inocente, porque distinguir entre conocimiento científico y sus medios de difusión es parte de lo que el propio currículum escolar chileno espera que sus estudiantes comprendan. Discutir prioridades del gasto público es legítimo y necesario.

Pero hacerlo sobre la base de comprensiones erróneas del conocimiento debilita una discusión que debería ser responsable y desconoce aspectos que la historia de la ciencia ha mostrado de manera constante. Las relaciones entre comprensión científica, desarrollo tecnológico y crecimiento económico no son lineales ni inmediatas. El valor auténtico de la investigación científica (o “el auténtico valor de la ciencia” como diría el filósofo de la ciencia Carlos Ulises Moulines) no se mide por la rentabilidad inmediata de sus productos, sino por su contribución a la comprensión racional del mundo y a la formación de ciudadanos y ciudadanas capaces de habitarlo críticamente.