La decisión de Irán de reabrir el Estrecho de Ormuz y avanzar en una señal de desescalada del conflicto en Medio Oriente no solo representa una noticia geopolítica de alto impacto. También constituye, desde la perspectiva económica, una señal que reordena expectativas globales y vuelve a demostrar hasta qué punto la estabilidad internacional incide directamente en la vida cotidiana de países como Chile. Más que el anuncio en sí, lo relevante es lo que revela la reacción inmediata de los mercados.

La caída del precio del petróleo Brent hacia niveles cercanos a los 85 dólares por barril, la baja del dólar y la recuperación de los mercados accionarios reflejan que, esta vez, los inversionistas parecen otorgar mayor credibilidad a la posibilidad de una tregua más duradera. A diferencia de episodios anteriores, donde las declaraciones políticas generaron movimientos acotados, la magnitud de la reacción actual muestra que el mercado está leyendo esta señal como algo más sólido. La explicación no es solo discursiva.

La normalización del tránsito marítimo en el Estrecho de Ormuz actúa como un fundamento material que da sustento a la confianza. Cuando la libre circulación de buques petroleros comienza a restablecerse, la señal deja de ser meramente política y adquiere una dimensión económica concreta. Para Chile, esto tiene implicancias inmediatas.

En primer lugar, se reduce la presión sobre los combustibles, uno de los principales focos de preocupación en las últimas semanas. Si el conflicto se hubiera prolongado, las proyecciones inflacionarias apuntaban a un IPC cercano al 2% mensual, con un fuerte impacto en la UF, el costo del transporte y el precio de bienes esenciales. La apertura del estrecho, en cambio, permite contener esa trayectoria y reduce el riesgo de nuevas alzas abruptas.

Sin embargo, conviene evitar lecturas simplistas. La baja del petróleo en los mercados internacionales no implica una caída inmediata en el bolsillo de las familias. Existe un desfase natural entre el precio internacional del crudo y el valor final de los combustibles a nivel local.

Además, en el caso chileno, el comportamiento del MEPCO y las decisiones del gobierno serán determinantes en la velocidad y magnitud con que esta baja pueda trasladarse al consumidor. Y es precisamente allí donde la dimensión económica se vuelve también política. El gobierno deberá decidir si permite que la reducción de precios sea rápida o si opta por una trayectoria más gradual.

Esa definición no es menor, especialmente en un contexto donde la inflación, el costo de la vida y la percepción económica de la clase media han sido temas particularmente sensibles. Más allá de la contingencia, esta situación vuelve a poner en evidencia la vulnerabilidad de economías abiertas como la chilena frente a shocks externos. Un conflicto a miles de kilómetros puede alterar el precio del dólar, modificar expectativas de inflación e incluso influir en el crecimiento proyectado.

La reapertura de Ormuz entrega un alivio, pero también una lección. En un mundo crecientemente interdependiente, la estabilidad económica interna depende, muchas veces, de decisiones geopolíticas que escapan por completo al control local. Por eso, más que celebrar una tregua, corresponde reflexionar sobre la necesidad de fortalecer mecanismos internos que permitan amortiguar de mejor manera estos episodios de incertidumbre global.