La llegada de Mara Sedini a la vocería de gobierno, en reemplazo de Camila Vallejo, venía con una promesa implícita: cambiar el tono sin perder el control. Un ajuste fino, no una reinvención del cargo. Sin embargo, en su primer mes, más que un “nuevo estilo”, lo que hemos visto es una especie de versión a medio armar de la vocería, con varios errores evidentes y sin correcciones a la vista.

Porque conviene aclararlo: la vocería no es un podcast personal ni un espacio para “probar enfoques”. Es, en teoría, el lugar donde el gobierno ordena su mensaje y le baja la ansiedad al país. Hoy ocurre algo más bien inverso: uno escucha a la vocera y queda con la sensación de que necesita una segunda vocería… para entender la primera.

El episodio sobre la situación judicial de Galvarino Apablaza es un buen ejemplo. No fue un matiz técnico ni una frase sacada de contexto: fue un error claro en un tema delicado. Y en este oficio, equivocarse en lo básico es como ser piloto y confundirse de pista: lo que claramente no es buena señal.

La credibilidad, que es el único capital real de un vocero, no suele sobrevivir bien a estos tropiezos. A eso se suma una dificultad persistente para construir un relato claro. Aquí calza perfecto lo que planteaba Erving Goffman: quien define el encuadre, define cómo entendemos la realidad.

El problema es que Sedini no está encuadrando nada; más bien parece reaccionar a encuadres ajenos, siempre un paso atrás, como si la pauta le llegara con desfase. Y en política, llegar tarde no es llegar: es perder. El síntoma más revelador no está en una frase desafortunada, sino en una decisión estructural: el Gobierno ha tenido que repartir las vocerías entre distintos ministros.

Traducido al castellano simple, cuando la vocera no logra vocerear, alguien más toma el micrófono. No es una estrategia sofisticada. Es más bien un plan de contingencia.

Y se nota. La comparación con Camila Vallejo se vuelve inevitable. No porque haya sido infalible, sino porque entendía algo clave: la vocería no se trata de hablar mucho, sino de decir algo claro, a tiempo y sin abrir tres flancos nuevos en el intento.

Sedini, en cambio, parece confiar en que el volumen compensa la precisión. Spoiler: no lo hace. Y aquí aparece la pregunta incómoda.

Con apenas un mes en el cargo, ¿ya es legítimo poner en duda su continuidad? La respuesta corta: no debería ser necesario, pero lo es. No por un error puntual, sino por un patrón.

Porque cuando la comunicación del gobierno empieza a parecer un ejercicio de interpretación libre, el problema deja de ser anecdótico. El dilema para el Gobierno tampoco es amable. Reemplazarla tan pronto puede leerse como una señal de debilidad.

Mantenerla, en cambio, implica asumir que la principal cara comunicacional del Ejecutivo no está cumpliendo su función básica. Es una elección entre costos, no entre soluciones cómodas. La vocería existe para reducir la incertidumbre, ordenar el relato y darle al gobierno una voz reconocible.

Hoy, esa voz suena fragmentada, a ratos confusa, y otras veces simplemente innecesaria porque alguien más termina explicando lo que se quiso decir. Quizás lo más paradójico es que todo esto ocurre mientras se insiste en la idea del “estilo propio”. Y sí, hay estilo.

El problema es que, en comunicación política, el estilo sin control es solo forma sin fondo. Y un gobierno no necesita una firma estética en sus mensajes; necesita que se entiendan. A esta altura, la pregunta ya no es si Mara Sedini puede mejorar —siempre se puede—, sino si el Gobierno puede darse el lujo de esperar a que lo haga sin seguir pagando el costo.

Porque en política, como en cualquier otro ámbito, hay curvas de aprendizaje… pero también hay plazos. Y si este era el plan, cuesta imaginar cómo se vería un mal comienzo.