Chile llegaba con una dupla poco convencional pero profundamente representativa: Mario Henríquez, chef ejecutivo en faenas mineras de la Región de Tarapacá, y Arnoldo Muñoz, jefe de cocina del sector clínico. Era la cuarta participación del país en la competencia, pero también la más ambiciosa, ya que no solo representaban a Chile, sino a toda Latinoamérica. El desafío era diseñar un menú completo —entrada, fondo y postre— evaluado por un jurado internacional bajo criterios de sabor, técnica, presentación y trabajo en equipo.

La propuesta chilena apostó por una narrativa latinoamericana contemporánea: un tártaro de garbanzos con salsa acevichada como entrada —un guiño a la cocina del Pacífico—; un plato principal de ejecución técnica refinada; y un postre conceptual, una mousse contenida en una flor de loto, pensada como puente simbólico con la cultura china. El resultado fue categórico: primer lugar para Chile. República Checa obtuvo el segundo puesto y Reino Unido el tercero.

Pero más allá del podio, lo que ocurrió en Shanghái fue una validación global de una cocina de territorio, de oficio y de resistencia. De una panadería al podio Para entender la magnitud del logro, hay que mirar hacia el origen. Henríquez comenzó su carrera en una panadería en Arica y, con el tiempo, encontró en la alimentación institucional —particularmente en minería— un espacio de desarrollo profesional.

Durante más de 25 años ha cocinado en condiciones extremas, como la altura, el aislamiento y jornadas extensas. Pero siempre entendiendo la cocina no solo como un acto gastronómico, sino como un verdadero soporte emocional y un vínculo con el hogar para cientos de trabajadores que viven lejos de sus familias. “Trabajar tantos años en minería me ha enseñado que la cocina puede marcar una diferencia en la vida de las personas, especialmente en lugares remotos”, expresó Henríquez orgulloso por el triunfo.

Ahí radica uno de los aspectos más potentes de su historia: entender la cocina como una forma de cuidado. Y es precisamente desde ese lugar donde se gesta una propuesta culinaria auténtica, que no necesita artificios porque está profundamente conectada con la experiencia real de las personas. 2026: Madrid y la gastronomía chilena en clave global Tras el triunfo en Shanghái, el reconocimiento no tardó en traducirse en nuevas oportunidades.

En marzo de 2026, Henríquez aterrizó en Madrid para iniciar un intercambio gastronómico en operaciones de Aramark en España, con el objetivo de generar circulación de conocimiento, técnicas y culturas entre equipos globales. En Madrid, el chef chileno trabajó junto a equipos locales en una dinámica de intercambio, colaboración y aprendizaje mutuo. Su menú incluyó preparaciones indiscutiblemente chilenas, como palta reina como entrada y pastel de choclo como plato principal.

Una aparente simpleza cargada de historia. La palta reina —con su relleno fresco y elegante— remite a una tradición doméstica chilena que cruza generaciones. El pastel de choclo, en tanto, es una síntesis del mestizaje culinario: choclo, carne, aceitunas, huevo, azúcar.

Campo y ciudad. Pueblo y colonia. Dulce y salado.

Chile en estado puro, llevado con orgullo a Europa. “Poder mostrar nuestra cocina fuera de Chile es una experiencia profundamente significativa, especialmente viniendo desde el norte y desde la minería, donde la cocina cumple un rol clave en la vida cotidiana de las personas. La gastronomía es una forma de conectar culturas, de compartir nuestra identidad y de poner en valor lo que somos.

Llevar platos como la palta reina o el pastel de choclo a otros países no es solo cocinar, es contar una historia, es representar a Chile y también aprender de otras tradiciones que enriquecen nuestro oficio”, comentó Henríquez. Una instancia que también abre la interrogante de qué lugar ocupa hoy la gastronomía chilena en el mundo. Durante años, Chile ha sido reconocido por sus productos —mariscos, pescados, vinos, frutas—, pero menos por su cocina como relato identitario.

Sin embargo, historias como la de Henríquez, junto al trabajo de chefs que han puesto en valor el territorio, están cambiando ese paradigma. Hoy, la cocina chilena comienza a entenderse no solo como una suma de recetas, sino como un sistema cultural complejo, que incluye geografía extrema, biodiversidad única, pueblos originarios, migraciones y memoria. Desde el desierto de Atacama hasta la Patagonia, pasando por el litoral y el valle central, Chile ofrece una despensa diversa que, bien interpretada, tiene un enorme potencial narrativo.

En ese escenario, emerge una nueva generación —y también cocineros formados en circuitos no tradicionales, como Henríquez— que están reinterpretando esa riqueza desde distintos espacios: restaurantes, proyectos comunitarios y cocinas institucionales. Tras su paso por España, Henríquez proyecta nuevas instancias internacionales, incluyendo su participación como jurado en la próxima edición de la Chefs’ Cup, que se realizará en Dublín, consolidando así el paso de cocinero de faena a referente internacional.