Distintas estrategias y acciones, tanto individuales como colectivas, fueron las que desarrollaron varias mujeres que se vieron enfrentadas a la represión y a la censura impuesta por la dictadura civil militar de Augusto Pinochet. Aquellas vivencias fueron recogidas por la investigación “Leer en dictadura: experiencias de mujeres que resistieron a la censura del libro en Chile (1973-1990)”, financiada por el Fondo del Libro y la Lectura del Ministerio de las Culturas, las Artes y el Patrimonio, convocatoria 2024. Según el estudio, las tácticas que estas mujeres impulsaron para salvaguardar sus hábitos y gustos lectores, se dieron en distintos ámbitos de su vida, como el espacio doméstico, el contexto educativo, la prisión política, la clandestinidad y los espacios colectivos de resistencia.
La antropóloga Bernarda Aucapan, responsable del proyecto, explicó que para estas mujeres, el libro y la lectura fueron un instrumento de emancipación social que utilizaron en el movimiento sociopolítico, en las labores de clandestinidad y de trabajo comunitario, espacios donde crearon diferentes tipos de estrategias. «Lo hacen con el ocultamiento o fragmentando libros, por ejemplo, los leían de a poco, distribuyendo hojas en distintos objetos», cuenta la investigadora. «También crearon, recopilaron y reprodujeron periódicos, notas de prensa e información específica asociada a la violencia política, que luego traspasaban a la comunidad para generar conciencia de lo que estaba pasando y también para generar un nivel de propaganda que les permitiera ir a marchas o llamar a paros durante la dictadura, y todo lo hacían de manera clandestina porque estaba en riesgo su vida», puntualizó Aucapan.
Entre los testimonios entregados por las 12 mujeres entrevistadas, que prefirieron reservar su identidad, hay diversos relatos que permiten dibujar el vínculo entre la resistencia a la dictadura y el libro y la lectura. Uno de ellos muestra cómo estas mujeres buscaban preservar los libros prohibidos por el régimen. «Para el 11, en mi casa sacamos todos los libros que eran comprometedores, los metimos en bolsas, hicimos un hoyo y los metimos en la tierra.
Después los buscamos y quisimos sacarlos, pero no los encontramos. No sé si fue porque edificaron o se hizo algo encima, no tengo idea. Pero eran los libros Quimantú, que en ese tiempo se sacaban colecciones que teníamos todas, porque en mi casa, y hasta ahora, éramos lectores», relató una de las entrevistadas.
«Yo creo que eso de esconder esos libros detrás de la pared, esconder los afiches en la escalera, eran como pequeños actos de resistencia», versa otro de los testimonios. Además del ocultamiento de los libros que tras la dictadura se transformaron en objetos peligrosos, algunas mujeres relatan que debieron optar por la incineración de distintos textos y revistas que podían, en el caso de ser allanadas por agentes represivos, ser utilizados en su contra. Así lo contó una de las mujeres que cuenta cómo, el día del Golpe, su madre le había exigido quemar sus revistas.
«Mi mamá me dijo: Usted se queda en la casa, cuida a su hermana. Nosotros vamos al mercado para comprar lo que se pueda, porque esto quizá hasta cuándo va a durar, mientras tanto queme todas esas porquerías que tiene en su pieza. Todos esos diarios cubanos y esos libros, todo.
Dejé el fuego hecho en la caldera, así que dele. Un alto de periódicos cubanos. No sé con qué papel lo hacían, pero yo tiraba y tiraba al fuego y veía al Che Guevara que me miraba y seguía mirando.
No se iba nunca, atroz», se cuenta en este testimonio. Así, tras la censura impuesta especialmente desde 1974 por la Dirección División Nacional de Comunicación Social (Dinacos), dependiente de la Subsecretaría General de Gobierno, muchos de los autores y autoras pertenecientes al llamado boom latinoamericano, continuaron circulando de forma secreta. «Bueno, lo más revolucionario que se leía era García Márquez, todo el mundo leyó en esa época ‘Cien años de soledad’.
Pero lo más revolucionario entre nosotros era el uruguayo, el poeta; eso era como lo más popular, todo el mundo andaba con Benedetti. Galeano igual, no sé cómo llegó, por ejemplo, ‘Las venas abiertas de América Latina’ en cassette», apunta otro de los testimonios. El libro y la lectura en la clandestinidad Debido a su activismo político, muchas personas relacionadas a partidos políticos contrarios a la dictadura u organizaciones sociales que resistieron al régimen, debieron pasar a la clandestinidad para proteger su identidad, la de sus familias y evitar ser detenidos.
En ese contexto, el libro y la lectura les permitió mantenerse informados e informadas, gracias a la circulación clandestina de textos y revistas prohibidas. Justamente, algunas de las mujeres entrevistadas, en el marco de la investigación, narraron episodios en que se transformaron en transmisoras de información. «Los informes políticos nos llegaban de distintos lados.
Por ejemplo, alguna vez que yo viajé a Santiago, me traje algo oculto metido en la basta del pantalón porque en ese tiempo era peligroso», detalló una de las entrevistadas. En suma, estas acciones situaron al libro como una herramienta de reconstrucción social y a la lectura la convirtieron en un acto de resistencia, a través del activismo de mujeres que no solo defendieron un proyecto político y cultural, sino que también sostuvieron la preservación de sus ideales y de la memoria colectiva, consolidando a la literatura prohibida y a los medios de comunicación clandestinos como símbolos de identidad. Los resultados de la investigación pueden revisarse de forma online, gracias a la edición del libro “Nosotras somos la resistencia” de la editorial Nutram Lawen.