“Horrible, es horrible salir al balcón a tratar de disfrutar algo para encontrarse con esa cantidad de cables”, dijo Bernardita López, vecina de Concepción, apuntando a la constante instalación sin retiro: “Viene una compañía, pone algo, no sacan lo anterior y no les importa”. A más de seis meses de la entrada en vigor del reglamento de la Ley 21. 172, conocida popularmente como “Ley Chao Cables”, la presencia de cableado aéreo en desuso aún figura en buena parte del centro de Concepción.
La basura aérea sigue ahí. ¿Qué ha cambiado entonces para quienes conviven con la superposición de líneas eléctricas y redes de telecomunicaciones recubiertas de plásticos negros? Poco, según relatan vecinos y trabajadores penquistas desde sus balcones, terrazas y despachos.
Segundos pisos o superiores, los cuales quedan a la altura de los cables, enfrentan hoy una misma escena: líneas que se cruzan, se tensan y se acumulan, interrumpiendo la vista e instalándose como un estorbo inevitable. Diario Concepción recogió testimonios que dan cuenta de esta experiencia común, donde el problema deja de ser paisaje para convertirse en presencia directa. Percepción penquista A pocos metros del Colegio San Agustín, en el tramo de calle Cochrane entre Tucapel y Castellón, la saturación del cableado aéreo es una presencia inevitable para los residentes.
Desde su balcón en el segundo piso del edificio homónimo al establecimiento educativo, un vecino observa cómo la maraña de cables se interpone en su vista hacia las fachadas de enfrente, algunas enlozadas, otras de vitral, otras coloridas. Abajo, en su misma vereda, un quiosco de periódicos parece quedar sepultado bajo el peso visual de las conexiones. La queja del residente es directa y apunta a una solución que hoy parece lejana para la realidad de la capital penquista: “Lo lógico sería que pasaran por debajo”, comenta escuetamente, reflejando el anhelo de soterrar una red que ensucia la fachada del sector.
Inmediatamente cerca, bajo uno de los dinteles del mismo inmueble, Robert Faúndez cuenta su percepción. En su departamento del piso 3, donde los dormitorios dan directamente hacia la calle, relata que la presencia de cables es parte del paisaje cotidiano desde su llegada. “Todas las mañanas uno abre el balcón y se encuentra con estos cables.
Desde que llegué ya estaban ahí”, agrega. Robert antes vivía en Chiguayante, y desde esa experiencia contrasta lo que es vivir en el centro penquista. “A mí me encantaría que los cables no existieran.
Sería maravilloso. Hay lugares donde todo es subterráneo”, señala. Saliendo del edificio San Agustín, María José Hidalgo —quien transita el sector junto a su mascota— también se apronta a dar su opinión.
Ella reside cerca, en calle Tucapel, sin embargo, asegura que el problema es transversal en las calles que recorre habitualmente. “No se ve bonito visualmente (…), y va echando a perder las calles de Concepción”, plantea. A ello suma una preocupación por las condiciones del tendido.
“Hay cables muy antiguos que provocan cortocircuitos en las esquinas. Eso pasa más de una vez”, advierte. Consultada al respecto del avance, María afirma no percibir cambios.
“Veo lo mismo. No he visto que estén sacando cables, en las calles que transito sigue igual”, concluye. Buscando más perspectivas, el ejercicio de tocar timbres llegó hasta calle Orompello, entre Cochrane y San Martín, justo al lado norponiente de la Dirección Regional del Servicio Nacional de Reinserción Social Juvenil, Atendiendo al llamado, una vecina asoma desde el segundo piso.
Para ella, el problema es una molestia cotidiana que invade su espacio privado. “Claramente es horrible. Imagínese, todos los días tengo que verlo”, confesó con resignación.
Siguiendo el recorrido, Bernardita López abre sus puertas. Residente del edificio El Inca —esquina Tucapel con Chacabuco—, expresa lo que significa convivir con un “molesto vecino” a menos de tres metros de su ventana y balcón del segundo piso, donde habitualmente sale a tomar aire o secar su ropa. Según cuenta, muchos de estos tendidos estarían en desuso, y en su caso, incluso ha experimentado problemas eléctricos debido a la sobrecarga de conexiones: “Se ha cortado la luz dos veces, sin motivo”.
Bernardita no percibe avance alguno en el retiro. “Nada. Los amarraron un tiempo, pero ahora está igual”, cerró.
La búsqueda se detuvo en el corazón de la ruidosa avenida Chacabuco, entre Tucapel y Castellón. Desde la calle, por detrás del cristal en un piso elevado se divisa una escena particular: artistas frente a sus canvas. Es el centro artístico Gustarte, ubicado en un tercer piso que, pese a la altura, comparte el mismo estorbo visual que los vecinos de niveles inferiores.
Al ingresar, el ambiente se transforma en olor a óleo, y brevemente se perturba la concentración del grupo de estudiantes. En medio de la clase, y bajo una sutil escucha de los alumnos que continúan pintando, el director y fundador del centro, Gustavo Salazar, relata lo que significa convivir de manera recurrente con esa barrera visual que cruza frente a su estudio. Como “dueño de casa”, Salazar describe su disgusto al tener que mirar siempre su entorno a través de cuantiosas líneas negras que interrumpen parcialmente la luz y la vista de la concurrida calle.
“Me gustaría que sacaran los cables, y a los alumnos también les encantaría eso”, lanza como deseo inicial. Sorpresivamente el debate estético se enciende de inmediato cuando una alumna interrumpe entre risas: “¡A mí no! ”.
Salazar entonces abre paso a una breve tregua artística. El mentor concede que la ciudad puede tener “algo romántico” y que, efectivamente, hay artistas atraídos por ese caos industrial. Pero su juicio personal termina imponiéndose al mirar por el ventanal.
“La verdad… son demasiados cables. Hay un ruido visual incontable y a mí me parece que no se ve bien”, sentencia. Aunque no vive en el lugar, Salazar llega cada mañana a encontrarse con ese paisaje.
Su postura es clara y coincide con la de otros vecinos de Concepción: “No me gusta. Yo estoy de acuerdo en que los saquen lo antes posible”, concluyó. Pese a que el marco legal ya es exigible, es importante precisar que el proceso de implementación de la “Ley Chao Cables” se encuentra en una etapa intermedia, pues la Subsecretaría de Telecomunicaciones (Subtel) aún está visando los detalles técnicos de los planes anuales de retiro exigidos a las empresas.
Mientras la operación masiva sigue definiéndose, al final del día, lo que hoy se logra retirar depende más de iniciativas municipales. En ese ámbito, cabe recordar que, al momento de la entrada en vigencia del reglamento, en septiembre de 2025, desde el Municipio de Concepción señalaban que la aplicación de la ley no partía desde cero. Según indicaron entonces, ya se venían realizando operativos de retiro de cables en desuso en distintos puntos de la comuna, de forma previa a la exigencia normativa: “Como municipio seguimos trabajando en el retiro de cables en forma coordinada con las empresas (…) esto en forma voluntaria, previo a la vigencia de la ley”, informaban en ese momento.
En esa misma línea, el proceso formal contemplaba el envío de un diagnóstico comunal al Gobierno Regional, para su posterior consolidación y remisión a la Subtel, paso necesario para la elaboración del plan anual de intervención. La expectativa, entonces, apuntaba a una implementación progresiva.