Un nuevo día de la madre se acerca. En el imaginario colectivo, la fecha evoca celebración, gratitud y el reconocimiento a una entrega que la sociedad tilda de”infinita”. Sin embargo, mientras el comercio y las plazas se llenan de flores, existe una realidad silenciosa que ocurre tras los muros: en Chile, miles de mujeres viven una maternidad limitada por el encierro, enfrentando una doble condena que rara vez se nombra.

Actualmente, más del 80% de las mujeres privadas de libertad son madres ¿cómo logran estas mujeres maternar cumpliendo condena? En palabras de Lagarde (2005), podríamos pensar que la privación de libertad de mujeres-madres es, por un parte, un castigo por extensión a sus hijos e hijas que sufren la separación forzosa, pero que -además- no impide que las mujeres lleven en su espalda las labores de cuidado y las responsabilidades de la maternidad. Es más, la misma autora señala que las mujeres privadas de libertad son consideradas culpables del delito, pero no validadas en la condición de víctimas que puede producir esta realidad.

Es común pensar que, para estas mujeres, sus hijos e hijas podrían significar una fuente de motivación para la reinserción, no obstante, es importante reconocer que las formas en que continúan cuidando a la distancia (o dentro de la cárcel si son menores de dos años), son parte de las labores reproductivas invisibilizadas por la sociedad. En efecto, evitar rencillas y otras disputas al interior de la cárcel se podría traducir en el acceso a ciertos beneficios que les permitirán ver y mantener una mejor comunicación con sus hijos e hijas. O, generar pequeñas formas de organización social en las unidades materno-infantiles puede convertirse en celebraciones y otras actividades que promueven el bienestar de ellos y ellas.

Algunas mujeres, incluso, logran participar de grupos que les permiten enviar artesanías o dinero a sus familias, buscando con ahínco formas que les permitan resistir al encierro y sentirse cerca a pesar de la lejanía. ¿Cómo viven las mujeres esta situación? Con un pesar profundo.

Pese a la preocupante escasez de estadísticas que den cuenta del impacto real en su salud mental, la evidencia en el Cono Sur es contundente: el encierro no anula el mandato del cuidado. Resulta revelador observar cómo ellas persisten en el sostenimiento afectivo y material de sus familias incluso en las condiciones de privación de libertad. Cuando ello no es posible, esta responsabilidad es asumida por sus propias madres, reproduciendo los roles de género donde el trabajo del cuidado recae, invariablemente, sobre los hombros de las mujeres.

La cuestión es, por qué a pesar de lo evidente que puede ser este sufrimiento, aún no se ha avanzado en la creación de políticas y programas que promuevan un mayor bienestar en este grupo de la población. Desde nuestro quehacer como Red chilena de Pedagogía en Contextos Carcelarios y Exclusión Social, consideramos que -si bien aspiramos a cambios profundos y estructurales- el desarrollo de espacios educativos en contextos privativos de libertad posee un rol esencial en la reflexión y problematización de estos pesares en las propias mujeres, motivando la expresión de emociones reprimidas que pueden ser altamente perjudiciales en este espacio. Es decir, una educación situada no solo tiene como finalidad la “nivelación de estudios” para la reinserción, sino que se convierte en un espacio de humanización donde las mujeres pueden reconstruir su identidad y proyectarse hacia el futuro con dignidad y autonomía.

Así, la educación debe permitir que las mujeres se reconozcan en sus potencialidades, más allá de los roles tradicionalmente impuestos. En este sentido, la educación debe considerar sus propias necesidades humanas, tales como fomentar una mayor agencia en la toma de decisiones lo que implica un alcance de mayor autonomía y la construcción de un proyecto de vida con metas claras y propósito propio, así como también desarrollar la capacidad de expresar sus emociones y cuestionar su lugar en lo social. Todo esto permite formar a las personas como agentes activas de su propio destino, capaces de enfrentar desigualdades sociales y enfrentar las violencias sociales, familiares e institucionales.

Es por esto que cuando se piensa en las consecuencias de la separación forzosa de las mujeres con sus hijos e hijas, se debe tener presente que los recursos financieros ligados a la educación no es un gasto sino una inversión social necesaria que implicará beneficios extendidos a sus familias, en vistas de mayores oportunidades y cohesión social. Un abrazo para todas las mujeres madres, especialmente a las que se encuentran privadas de libertad.