Cada 1 de mayo, el mundo conmemora el Día Internacional del Trabajo recordando luchas históricas que dieron forma a derechos que hoy parecen intransables: la jornada laboral, el descanso, la seguridad social. Sin embargo, en medio de una nueva revolución —esta vez silenciosa, digital y acelerada— la pregunta vuelve a instalarse con fuerza: ¿qué entendemos hoy por trabajador? La irrupción de nuevas tecnologías, y en particular de la inteligencia artificial, no es una promesa futura: es una realidad que ya está reconfigurando el mercado laboral.

Desde sistemas que automatizan tareas administrativas hasta algoritmos capaces de redactar, diseñar, analizar datos o incluso tomar decisiones, el impacto es transversal. Oficios completos se transforman, otros desaparecen y emergen nuevas ocupaciones que hace apenas una década resultaban impensadas. En este escenario, el concepto clásico de “clase trabajadora” —asociado históricamente al trabajo manual o industrial— parece quedarse corto.

Hoy, el trabajador puede ser un conductor de aplicación, un programador freelance, un creador de contenidos o un operador que supervisa sistemas automatizados. Incluso, en no pocos casos, el empleo ya no es estable ni continuo, sino fragmentado, intermitente y mediado por plataformas digitales. Pero este tránsito no es homogéneo.

Más bien, parece evidenciar que estamos en una etapa de transición. Mientras en algunos sectores y países el trabajo se vuelve cada vez más tecnológico, digital y flexible, en otros persisten —e incluso se profundizan— formas de empleo precarias, donde derechos básicos siguen sin respetarse. Jornadas extensas, informalidad, bajos salarios y escasa protección social conviven, paradójicamente, con la automatización y la innovación más avanzada.

Dos mundos que avanzan a distintas velocidades, pero que hoy coexisten. Esa dualidad plantea un desafío mayor. Porque no se trata solo de adaptarse a lo nuevo, sino también de resolver lo pendiente.

De poco sirve hablar del futuro del trabajo si en el presente aún hay trabajadores sin condiciones mínimas de dignidad. La tecnología, por sí sola, no corrige desigualdades; puede incluso profundizarlas si no va acompañada de políticas públicas claras y de una mirada social que ponga al trabajador —en todas sus formas— en el centro. Chile —y regiones como O’Higgins— no están ajenos a esta transformación.

Sectores tradicionales como la agricultura, la minería o el comercio comienzan a incorporar tecnologías que cambian la forma de trabajar. Sin embargo, la discusión pública aún parece ir un paso atrás. Se habla poco de reconversión laboral real, de formación continua o de cómo preparar a las nuevas generaciones para un mercado que será radicalmente distinto, pero también de cómo asegurar condiciones dignas en los trabajos que hoy existen.

En este nuevo contexto, el desafío no es solo tecnológico, sino profundamente social y político. ¿Cómo se protegen los derechos laborales en un mundo de trabajos flexibles y plataformas? ¿Qué rol debe jugar el Estado en la capacitación y en la regulación?

¿Cómo se asegura que los beneficios de la automatización no queden concentrados en unos pocos, mientras otros siguen atrapados en la precariedad? Este 1 de mayo no solo invita a recordar el pasado, sino también a mirar con honestidad el presente y el futuro. Porque si algo enseña la historia del trabajo es que los derechos no son estáticos, sino que deben adaptarse a cada época, sin dejar a nadie atrás.

La gran pregunta, entonces, queda abierta: en un mundo donde las máquinas aprenden y ejecutan tareas cada vez más complejas, ¿quién es realmente el trabajador? Y más aún, ¿qué lugar ocupará la llamada clase trabajadora en la sociedad que estamos construyendo? Responder a esas preguntas no es solo un ejercicio teórico.

Es, probablemente, uno de los debates más urgentes de nuestro tiempo.