Opinión 24-04-2026 El cansancio docente como fenómeno estructural Dr. Jaime Fauré, académico de psicopedagogía UNAB. No es burnout.

O no es solo eso. El cansancio que la mayoría de los profesores chilenos describe cuando se les pregunta de verdad —y no en una encuesta institucional, sino en una conversación donde no haya nada que cuidar— no tiene la forma aguda de un colapso. Tiene la forma lenta y acumulativa de quien lleva demasiado tiempo haciendo más de lo que es razonable con menos de lo que sería necesario.

Es un cansancio que no se va del todo en las vacaciones de verano, por muy largas que sean, ni se resuelve con un taller de autocuidado un sábado por la mañana. Hablar del cansancio docente con honestidad requiere resistir dos tentaciones. La primera es romantizar la docencia hasta convertirla en vocación pura, donde el agotamiento sería casi una prueba de compromiso: el buen profesor se desgasta porque ama lo que hace, porque está demasiado comprometido.

Esa narrativa es cómoda para el sistema porque desplaza la responsabilidad hacia la psicología individual y aleja la mirada de las condiciones estructurales. La segunda tentación es reducir el problema a salarios, como si un aumento resolviera lo que no es solo un problema de remuneración. Los salarios importan y en Chile siguen siendo insuficientes para el nivel de exigencia y formación que se requiere.

Pero hay profesores bien pagados que también están agotados, y hay algo en ese dato que obliga a ir más lejos. Lo que agota a los docentes chilenos tiene múltiples causas y es acumulativo. Está la carga administrativa, que ha crecido de manera sostenida en las últimas décadas: planillas, informes, registros de asistencia diferenciados, protocolos de convivencia, documentación para la subvención, reportes para equipos directivos.

Todo eso tiene su justificación parcial, pero en conjunto produce algo concreto: profesores que destinan horas significativas de su semana a tareas que no son enseñar y que sin embargo se les descuentan del mismo tiempo disponible. Está también la ampliación del rol. La escuela ha ido absorbiendo funciones que antes correspondían a otras instituciones o a las familias, y los profesores han pasado a ocuparse de la salud mental de sus estudiantes, de la contención emocional, de la detección de situaciones de vulnerabilidad, de la mediación de conflictos que trascienden el espacio escolar.

No es que eso sea ilegítimo. Es que nadie redujo la carga curricular para que lo otro cupiera. Hay además algo que se menciona menos, y es el cansancio que produce la discontinuidad entre lo que los profesores saben que sería una buena práctica pedagógica y lo que las condiciones reales les permiten hacer.

Un docente que ha aprendido a valorar el aprendizaje profundo, la atención a la diversidad, la evaluación formativa, y que todos los días se enfrenta a la imposibilidad material de aplicar nada de eso en un aula de cuarenta estudiantes con cuatro que tienen necesidades educativas especiales sin apoyo suficiente, no experimenta solo estrés. Y eso erosiona algo más que la energía. Erosiona el sentido.

Lo que tiene de estructural el cansancio docente es precisamente que no se origina en decisiones individuales ni se resuelve en ese nivel. Se origina en un diseño institucional que ha acumulado demandas sobre la figura del profesor sin revisar el conjunto ni distribuir responsabilidades de otra manera. Cada nueva política educativa agrega algo.

Pocas veces algo se quita. El resultado es un rol que ha crecido en todas las direcciones sin que nadie se haya hecho cargo de su forma total ni de lo que es humanamente sostenible pedirle a una sola persona que haga durante cuarenta horas semanales, durante décadas. El efecto sobre los estudiantes no es irrelevante y merece decirse.

Un profesor que lleva meses en el límite de su energía no puede hacer por sus alumnos lo mismo que uno que tiene condiciones para ejercer bien su trabajo. No porque no quiera, sino porque la capacidad de atender a los demás —de estar presente, de notar, de sostener— tiene un piso mínimo que depende del estado de quien atiende. Y en el fondo de todo esto hay también una pregunta que el sistema evita formularse con claridad: si lo que se les pide a los profesores fuera razonable, ¿seguirían tan pocos jóvenes eligiendo esa carrera?