Cada 20 de mayo se conmemora el Día Mundial de las Abejas, instancia donde las redes sociales se inundan con mensajes relacionados a salvar el planeta y la importancia de las abejas en la vida de las personas. Sin embargo, detrás de la retórica romántica se esconde una crisis biológica, financiera y alimentaria que puede cambiar el sector agroindustrial como lo conocemos y alterar los sistemas bióticos en el ambiente. La pérdida de polinizadores, por las acciones humanas, no es un drama meramente ecológico, es una amenaza directa a la estabilidad macroeconómica y a la seguridad alimentaria.
Preocuparnos solo por las abejas melíferas (Apis mellifera), puede generar una competencia por recursos florales limitados, desplazando y provocando hambre en los polinizadores silvestres y nativos. La acción de protegerlas debe incluir el resguardo de la biodiversidad, que involucre restaurar hábitats y flora local, el uso de correcto de las abejas en los sistemas agroalimentarios que requieren polinización, en la interacción con el bosque nativo, y siempre asegurando la producción agroalimentaria. A esta presión se suma la alarmante desregulación del uso de agroquímicos en nuestro país; mientras en naciones europeas se prohíben algunos productos industriales en la agricultura, en Chile se mantienen o se abren nuevos permisos, priorizando el rendimiento inmediato sobre la resiliencia del ecosistema.
Los costos de esta desregulación ya repercuten en cultivos de alta exportación (paltos, cerezos, kiwis, almendros, arándanos, entre otros) que dependen críticamente de la polinización cruzada de insectos silvestres y gestionados; teniendo presente que el 75% de las especies cultivas dependen de ellos. La pérdida de esta fauna no solo determina el volumen de la cosecha, sino también la simetría, calibre, amarre inicial y la vida de postcosecha del fruto, factores comerciales críticos para resistir los extensos viajes hacia los mercados extranjeros. El futuro de la cadena de producción alimentaria y de la matriz exportadora nos exige transitar hacia un modelo de coexistencia que proteja a los todos los polinizadores.
Debemos mutar la lógica de la intervención paliativa y avanzar hacia políticas públicas de manejo integrado del ambiente, migrando hacia un sistema sustentable que involucre a todos los seres que coexisten para el éxito de la flora. Si reconocemos que la estabilidad de los ecosistemas y la rentabilidad de los cultivos dependen de la conservación de esta biodiversidad invisible, se podrá asegurar la resiliencia productiva frente al cambio climático global. La tecnología no reemplazará la complejidad de los servicios ecosistémicos que sostienen la vida, por lo que es fundamental proteger a los polinizadores para resguardar el futuro de nuestro país y cada uno de sus habitantes.