Estados Unidos, 2026 Director: David Frankel Protagonistas: Meryl Streep, Anne Hathaway, Stanley Tucci En salas de cine de Punta Arenas y Natales Cuando finalizaba el siglo pasado y aún no se cumplía una década del nuevo milenio, la actriz Meryl Streep logró inmortalizar dos personajes para el cine. El de Francesca Johnson, la dueña de casa en un pueblo humilde y chismoso que tiene un breve, pero intenso romance con un fotógrafo de paso en “Los puentes de Madison” (1990) dirigida y protagonizada por Clint Eastwood. Y la de Miranda Priestly en “El diablo viste a la moda” (2006), la tirana editora de la revista sobre moda “Runway” que hace temblar con sus altos tacos los pasillos de la empresa y cuya arribo debe ser uno de los ingresos a la pega más visualmente espectaculares y coreográficos que haya dado el cine.
Y si bien el nombre Francesca Johnson debe ser apenas recordado, el de Miranda Priestly o simplemente “Miranda” se hace uña y mugre con el personaje, porque Meryl Streep, en complicidad con la cámara, logró que su rostro convoque la presencia de gran parte de las malvadas de los cuentos infantiles, dónde Disney en algo ayudó a darles forma y el cine, por supuesto, terminó haciendo el resto. Y aún cuando hay para elegir, es el de la madrastra del cuento “La Cenicienta” el que se reencarna en el personaje de Miranda, mientras el de la joven huérfana maltratada lo hace en la practicante de periodismo, Andrea Sachs, que debe soportar el bullyng y abrirse paso con la ayuda de un hada madrina que, en este caso, será un “hado padrino” como el personaje de Nigel, director de arte en la revista y que aunque casi siempre las tiene clara, su enceguecida lealtad con Miranda no le es correspondida. Ahora se reencuentran 20 años después, cuando ha pasado harta agua bajo el puente, son tiempos oscuros para el periodismo y esto Andrea lo sabe porque acaba de ser despedida junto a todo su equipo, pero también para la revista “Runway” porque ahora el mundo digital le ha quitado gran parte de la torta y, más encima, comienza a perder credibilidad.
Entonces, por esas cosas de la vida- y el guión- Andrea es contratada para ayudar a levantar la capa caída de “Runway” y esto no le gusta nada a Miranda, quien ha perdido poder en la empresa, ya no hace temblar como antes y, algo atroz, debe colgar por sí sola sus relucientes abrigos. El “Diablo viste a la moda 2” se maneja en estos espacios, dónde el cuento de Cenicienta queda algo de lado, el “vivieron felices para siempre” no fue tal y ahora el relato se imagina a la madrastra malvada no pasando sus mejores momentos y soportar que, más encima, sea su antigua hijastra la que llegue en su ayuda. Entonces la película se despliega por los pasillos del esquivo poder, dónde se buscan nuevas historias o conseguir entrevistas exclusivas para levantar el rating; afrontar la llegada de nuevos dueños a la empresa con otra mirada a las cosas; y hasta sacrificar la primera clase de un avión para ir con la chusma y llegar con algo de dignidad a los desfiles de moda en Italia.
Esta opción por describir la realidad del negocio sacrifica la versatilidad que tenía la primera película, dónde el glamour y los flashes de las cámaras se fusionaron con el ascenso de Andrea y la presencia de Miranda, pero, sobre todo, porque Cenicienta más que cuento es mito y, al ser así, alguien se debe sentir identificado en Chile, aquí y en la quebrada del ají. Y si eso no está, ya no es lo mismo, porque la historia es pura especulación y uno termina observándola desde el palco. Y si bien “El diablo Viste a la moda” no es una obra maestra sobre los engranajes del poder, tenía clase y glamour con Miranda, porque su presencia llenaba la pantalla y en su secuela pocos son esos momentos, aunque hay uno y que tiene inspiración por lo contrario: Miranda pensativa y solitaria en el pasillo de una estación italiana.
El gran mérito de “El diablo viste a la moda 2” es reencontrar a sus personajes principales 20 años después, imaginarlos funcionando en los tiempos actuales y, sobre todo, el rostro de Meryl Streep que nos recuerda en clave de comedia que la maldad puede, además del nombre, tener rostro de mujer.