Coyhaique se acerca a sus 100 años con una paradoja evidente: crece como nunca, pero sin una hoja de ruta compartida. Lo que debiera ser motivo de orgullo —una ciudad que atrae, que se expande, que concentra oportunidades— empieza a tensionarse cuando ese crecimiento no dialoga con las condiciones reales de vida de quienes la habitan. Hoy la capital regional supera los 60 mil habitantes y sigue sumando.
Nuevos comités habitacionales aparecen cada año, reflejando una demanda persistente y no resuelta. El mensaje es claro: vivir en Coyhaique sigue siendo una aspiración. Pero también deja al descubierto una falla de base: no existe un catastro actualizado que permita dimensionar con precisión cuántas viviendas faltan, ni dónde, ni bajo qué condiciones.
Se construye, pero no necesariamente se planifica. La expansión hacia los sectores altos de la ciudad es quizás la señal más visible de este proceso. Allí se concentran nuevas poblaciones, muchas veces desconectadas de servicios básicos, con accesos limitados y una infraestructura que llega tarde o simplemente no llega.
La ciudad crece hacia arriba, pero no necesariamente hacia adelante. Aquí aparece el problema de fondo: Coyhaique está resolviendo el déficit habitacional con lógica de urgencia, no de desarrollo. Y cuando la urgencia manda, otros componentes esenciales quedan relegados.
La vialidad urbana, los espacios públicos, el mobiliario colectivo y los servicios no han crecido al mismo ritmo que las viviendas. El resultado es una ciudad más grande, pero no necesariamente mejor. El municipio busca imprimir un sello, ordenar este crecimiento y responder a las demandas.
Sin embargo, la percepción ciudadana es persistente: las nuevas poblaciones no vienen acompañadas de la infraestructura que permita sostenerlas. No se trata solo de construir casas; se trata de construir ciudad. Y esa diferencia, hoy, se siente.
Lo han advertido actores técnicos como el Colegio de Arquitectos y la Cámara Chilena de la Construcción. No es una discusión ideológica, es una constatación práctica: Coyhaique está tensionando sus límites urbanos sin haber definido claramente hacia dónde quiere ir. Y esa indefinición se paga en calidad de vida.
Porque el desarrollo urbano no es neutro. Define cómo se vive, cuánto se demora una persona en llegar a su trabajo, qué acceso tiene a áreas verdes, qué tan integrado está un barrio o qué tan aislado se vuelve. En una región como Aysén, donde las distancias ya son una condición estructural, reproducir desigualdad dentro de la propia ciudad es un riesgo que no se puede normalizar.
La pregunta, entonces, es inevitable: ¿qué tipo de ciudad quiere ser Coyhaique en su segundo siglo? Seguir expandiéndose sin planificación solo profundiza brechas. Frenar el crecimiento tampoco es opción.
El desafío está en conducirlo. Y para eso no basta con decisiones técnicas o administrativas. Se requiere una discusión abierta, informada y territorialmente consciente.
Una conversación que involucre a autoridades, expertos y, sobre todo, a la ciudadanía que vive las consecuencias de estas decisiones todos los días. Coyhaique no necesita más viviendas aisladas en el mapa. Necesita barrios conectados, servicios oportunos y una visión urbana que entienda que crecer sin plan es, en el fondo, otra forma de retroceder.