El centenario de Coyhaique merece ambición, pero también realismo. Merece visión, pero igualmente diálogo. No se trata de elegir entre participación o ejecución, sino de entender que una necesita de la otra.

Una obra de esta magnitud no puede nacer únicamente desde el municipio ni sostenerse solo desde la voluntad del alcalde de turno. Debe transformarse en una causa compartida, donde la ciudadanía sienta que ese hito también le pertenece. Tal vez faltó socializar mejor la propuesta.

Tal vez aún hay espacio para corregir ese déficit. Y probablemente este sea precisamente el momento para hacerlo, antes de que el debate se rigidice y la oportunidad se desgaste. Todavía hay tiempo.

Lo urgente hoy es terminar un diseño arquitectónico convincente, pero también abrir con mayor fuerza la conversación con la comunidad y avanzar con seriedad en la consecución de los recursos. Un centenario no se recuerda por la maqueta que se presentó, sino por la obra que logró construirse y por la forma en que esa obra fue capaz de representar a su gente. Coyhaique necesita un símbolo para sus 100 años, sí.

Pero necesita aún más que ese símbolo nazca desde la ciudad y no simplemente sobre ella.