Ese impacto no es homogéneo. La Encuesta de Presupuestos Familiares evidencia que los hogares de menores ingresos destinan mayor proporción de su gasto a transporte y energía. Cuando sube la bencina, sube más —en términos relativos— para quienes menos tienen.
Al mismo tiempo, la Dirección de Presupuestos (Dipres) proyecta una consolidación fiscal que implica contención del gasto público. En la práctica: menor expansión de subsidios y mayor focalización. Desaparece la amortiguación frente a precios más altos.
Y, en paralelo, más alivio para el capital. La depreciación acelerada —instrumento central de la política pro-inversión— permitió, en su aplicación reciente, reducir la carga tributaria efectiva de grandes empresas, con costos fiscales estimados por el Ministerio de Hacienda en miles de millones de dólares en recaudación diferida. Menos ingresos fiscales hoy, bajo la promesa de más inversión mañana.
El eterno retorno de la idea del “chorreo” Esa promesa no es nueva: Estimular la inversión y el crecimiento económico tendría como resultado más empleos y mayores ingresos. Sin embargo, los datos, no ayudan mucho en su consolidación. Chile mantiene niveles de desigualdad altos dentro de la OCDE, con un coeficiente de Gini en torno a 0,44-0,46, por sobre el promedio del organismo.
El Banco Mundial ha señalado, además, que la movilidad social sigue siendo limitada. La idea de que el crecimiento “llega” no desaparece. Solo se posterga.
Y en mercados altamente concentrados, la “mano invisible” de Adam Smith no corrige desigualdades: las reproduce. El error como interfaz Volvamos entonces a la vocería. A la frase que se repite.
Al concepto que no avanza. Al video que se elimina. El punto no es la calidad comunicacional —aunque sea discutible— sino su efecto político.
Mientras se analiza el error, no se analiza la medida. Mientras se viraliza la imprecisión, no se discute el impacto. Mientras se corrige la forma, el fondo queda intacto.
Eso no es solo distracción. Es sustitución. Desde la teoría de la argumentación, el mecanismo es claro: se instala un objeto de debate alternativo —el error— que desplaza al objeto relevante —la política económica—.
Un espantapájaros, pero esta vez no construido contra el adversario, sino contra la propia discusión pública. En ese punto, la pregunta por la intencionalidad deja de ser incómoda y pasa a ser necesaria. Figuras como Cristián Valenzuela, asesor comunicacional del actual presidente de la República —con trayectoria en gobiernos anteriores y experiencia directa en gestión de crisis durante la administración de Sebastián Piñera— no operan en el nivel del error puntual, sino en el diseño del entorno donde ese error ocurre.
No se trata de imaginarlo corrigiendo frases o revisando ortografía, sino de algo más estructural: definir qué se corrige, qué se deja pasar y, sobre todo, qué tipo de comunicación resulta políticamente tolerable. Y en política, lo que se tolera de manera sistemática rara vez es accidental. Al parecer -convenientemente- asistimos a una alternancia forzada entre lo que debiera ser la comunicación política, esa que desde las vocerías tiene como obligación informar al país, con la propaganda pre electoral -aquella que debió terminar con el mandatario electo- que basada en la persuasión y en las emociones, sostiene la tensión en las formas y no en el fondo.
De la torpeza al patrón Durante el gobierno de Sebastián Piñera, las “Piñericosas”, amplificadas por The Clinic, convertían errores en humor político. Pero eran, en gran medida, espontáneas. Hoy, la reiteración de errores —escritos y orales, documentados y diagnosticados— deja menos espacio a la espontaneidad y más a la funcionalidad.
No porque cada error esté planificado, sino porque el sistema que los permite parece no tener incentivos para evitarlos. Y en política, lo que no se corrige, se usa. La pregunta incómoda No si Sedini se equivoca, que para eso está.
Sino si esos errores —ya no anecdóticos, antes bien, respaldados incluso por análisis técnico— cumplen una función en la economía de la atención, donde arrancar de la prensa se vuelve otra táctica disuasiva. Porque mientras se discute la redundancia, el precio sube. Mientras se analiza la falta de cohesión, el subsidio se ajusta.
Mientras se viraliza el error, la política del “ajuste” avanza. Tal como sostenía el teórico de los medios, Marshall McLuhan, mientras el medio -los medios- “masajea” con discursos erráticos y polarizados, las audiencias, presas de tal persuasión, alejan su atención de lo importante y se dejan llevar por aquello conocido como manipulación. Y en ese desplazamiento, constante y medible, el espantapájaros cumple su rol: ocupar el campo visual para que nadie mire el terreno donde realmente se juega el costo de la vida.
El resto —la imprecisión, la repetición, la ortografía— ya no es un problema. Es el medio.