Por ello, “considero que el manifiesto no está dirigido al público general, sino a las élites políticas, militares y tecnológicas. Es una propuesta de cómo debe organizarse el poder en el siglo XXI”. Así, coincide con De Lara: “No es propaganda, sino un intento de definir doctrina.

Y ahí aparece el punto más relevante: Palantir ahora no se presenta como proveedor del Estado, sino como actor que participa en la definición de la estrategia misma”. Respecto del quiebre entre Donald Trump y sus antiguos adherentes, indica que “forman parte del contexto, pero no como detonantes directos, sino como síntomas de algo más profundo. Lo que estamos viendo es la fractura del campo America First en varias corrientes: una más aislacionista, otra más orientada a la competencia estratégica con potencias rivales, y una tercera –donde encaja Palantir– que apuesta por un ‘tecnonacionalismo’, donde la ventaja decisiva proviene de la inteligencia artificial, los datos y la integración entre Estado y sector tecnológico”.

Y ahí surge una figura clave, la de JD Vance, la que, a juicio del experto, “representa una generación política que ya no separa tecnología y poder estatal, y cuya influencia creciente –por ejemplo, en Irán– sugiere que la política exterior estadounidense está siendo reformulada bajo esa lógica”. Sin embargo, apunta a que “más estructural aún es el rol de Peter Thiel, porque como cofundador de Palantir y articulador intelectual de este ecosistema lleva años planteando que Occidente enfrenta un momento crítico. Sus intervenciones recientes apuntan a la necesidad de abandonar el optimismo liberal clásico y asumir una lógica de competencia existencial.

Entonces, el manifiesto encaja perfectamente en ese marco, proponiendo más capacidad de coerción, más integración tecnológica y una élite dispuesta a ejercer poder de forma más directa”. Por ello, finaliza Rojas, “esta es una señal de que actores como Palantir se perciben a sí mismos como coarquitectos del orden occidental en un escenario de guerra fragmentada, donde la tecnología –más que la geografía o incluso las armas tradicionales– empieza a convertirse en la principal fuente de poder”.