Opinión 26-04-2026 El miedo como mensaje Dra. Karina Doña Molina Directora de la carrera de Administración Pública Universidad Autónoma de Chile Más de 700 denuncias por amenazas de tiroteo en colegios, distribuidas en al menos 14 de las 16 regiones del país, no son un dato anecdótico ni una suma de hechos aislados. Son, ante todo, un síntoma.
Durante las últimas semanas, mensajes como “mañana tiroteo” o “el jueves tiroteo”, escritos en pizarras, baños o difundidos en redes sociales, bastaron para alterar la rutina escolar, elevar el ausentismo y, en algunos casos, suspender clases. Desde Arica-Parinacota hasta Los Ríos, pasando por la Región Metropolitana y el Maule —donde comunas como Talca, Cauquenes, Empedrado, Chanco, Linares, Curepto, Constitución, Licantén, Parral y San Clemente se vieron afectadas—, el miedo se instaló en espacios que deberían ser, por definición, seguros. Las autoridades han actuado conforme a los protocolos: activación de la ley Aula Segura, denuncias ante Carabineros y la PDI, e incluso la identificación de responsables puestos a disposición de la Fiscalía.
Sin embargo, la dimensión del fenómeno excede la respuesta institucional. Lo que queda, más allá de la persecución penal, es una comunidad escolar tensionada, con estudiantes, docentes y familias enfrentando una sensación de peligro que no desaparece con un parte policial. Se ha intentado explicar lo ocurrido bajo categorías conocidas: bromas estudiantiles que se salieron de control, “bromas” amplificadas por redes sociales o desafíos virales que incentivan la transgresión sin medir consecuencias.
Puede que haya algo de cierto en cada una de esas hipótesis. Pero ninguna alcanza a explicar del todo la magnitud ni la simultaneidad de los hechos. Cuando el mismo mensaje se replica en distintas regiones, en distintos tipos de establecimientos —públicos, privados, laicos o confesionales—, la pregunta deja de ser quién lo hizo y pasa a ser qué efecto buscaba.
Porque aquí el punto no es la intención declarada, sino el resultado concreto: miedo. Y el miedo, cuando se propaga de manera sistemática, deja de ser una emoción individual para transformarse en un fenómeno social. No se trata de una broma fallida si logra paralizar comunidades enteras, alterar conductas y erosionar la confianza en espacios básicos como la escuela.
No hay risa posible cuando se amenaza con violencia extrema en un contexto global donde ese tipo de ataques ya no son impensables. Minimizar estos hechos como travesuras adolescentes es un error. No solo invisibiliza el daño causado, sino que además relativiza la gravedad de instalar el temor como forma de comunicación.
El efecto es claro: estudiantes que no asisten a clases, padres que dudan en enviar a sus hijos, profesores que trabajan bajo una sombra de incertidumbre. La escuela deja de ser un lugar de encuentro y aprendizaje para convertirse, aunque sea momentáneamente, en un espacio de sospecha. ¿Qué hay detrás de todo esto?
Tal vez nunca haya una única respuesta. Pero sí hay una certeza: cuando el miedo se convierte en el principal resultado de una acción, estamos frente a algo que debe ser abordado con seriedad, responsabilidad y sentido de urgencia. Porque más allá de la autoría o la motivación, lo que se ha instalado es una forma de violencia simbólica que busca, precisamente, eso: alterar la vida cotidiana a través del temor.
Y cuando el miedo se vuelve el mensaje, el problema deja de ser una broma. Se transforma en algo mucho más profundo y preocupante. El terrorismo produce esos efectos.