Cuando el destacado intelectual Dominique de Villepin habla del “momento francés”, en realidad está describiendo algo más amplio: una crisis de sentido que atraviesa a buena parte de Occidente. La pérdida de rumbo, la fragmentación social y la política convertida en mera administración no son fenómenos exclusivos de Europa. En América Latina, ese diagnóstico no solo resulta familiar, sino cotidiano.

La diferencia es que, mientras Francia aún puede pensarse a sí misma como una voz con vocación universal, nuestros países rara vez se conceden ese lugar. Aquí, la discusión suele quedar atrapada entre la urgencia y la sobrevivencia: inflación, inseguridad, empleo, servicios básicos. Lo estructural aparece, pero subordinado a lo inmediato.

Sin embargo, el planteamiento de Villepin —la necesidad de recuperar la política como proyecto colectivo— toca una fibra profunda en la región. América Latina ha oscilado durante décadas entre promesas refundacionales y administraciones pragmáticas, sin lograr consolidar un horizonte compartido que trascienda los ciclos de gobierno. El resultado es conocido: sociedades cansadas, instituciones frágiles y una creciente desconfianza en la política.

En ese contexto, la advertencia sobre los atajos —populismos, autoritarismos, respuestas simplificadoras— adquiere especial relevancia. No porque sean ajenos, sino precisamente porque han sido parte recurrente de nuestra historia. La tentación de soluciones rápidas frente a problemas complejos es, quizás, uno de los rasgos más persistentes de la experiencia latinoamericana.

Pero hay también una oportunidad, menos evidente. A diferencia de Europa, América Latina no carga con el peso de una influencia global en retirada. Su desafío no es conservar un lugar, sino construirlo.

Y en esa tarea, la pregunta por el sentido —por el tipo de sociedad que se quiere ser— resulta ineludible. En Chile, esta discusión ha estado latente en los últimos años, con avances y retrocesos. La dificultad para articular un proyecto común, que combine crecimiento, cohesión social y legitimidad institucional, refleja justamente esa tensión entre diagnóstico y dirección.

Sabemos, en buena medida, lo que no funciona. Lo que sigue siendo esquivo es el acuerdo sobre hacia dónde avanzar. Tal vez ahí radica el verdadero valor del “momento francés” para nosotros: no como modelo a seguir, sino como recordatorio.

Las sociedades no se sostienen solo en la gestión eficiente de sus problemas, sino en la capacidad de imaginar un futuro compartido.