“No solo vamos a llegar a bailar cueca, sino que vamos a hacer una fonda entre todos los ministros”, dijo la entonces vocera Mara Sedini el 8 de abril de 2026. Esa “fonda”, al menos por ahora, tendrá menos invitados de los previstos. Y es que apenas 69 días duró el espejismo de la infalibilidad en La Moneda.

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El Presidente José Antonio Kast se vio obligado esta semana a meter un cirujano de urgencia y ejecutar el cambio de gabinete más rápido desde el retorno a la democracia. La caída fulminante de las ministras Trinidad Steinert (Seguridad Pública) y Mara Sedini (Segegob) no es un simple reordenamiento de piezas; es una amputación política con anestesia local para frenar un virus que empezaba a gangrenar al oficialismo: la sospecha latente de que la inexperiencia y la improvisación se estaban comiendo los pilares del relato gubernamental. En los pasillos de Chile Vamos y el Partido Republicano la procesión va por dentro.

Detrás de los discursos de “unidad” y “respaldo al timonel”, el ambiente real es de un tenso control de daños. La preocupación por el desorden en el control político, los errores no forzados en seguridad y el cortocircuito comunicacional sistemático obligaron a La Moneda a dar un violento timonazo antes de la Cuenta Pública del 1 de junio, intentando desesperadamente ordenar unas filas que ya daban muestras de peligrosa autonomía. El naufragio en Seguridad: de la “mano dura” al vacío de plan El golpe en Seguridad Pública caló hondo en la espina dorsal del proyecto de Kast.

El combate sin cuartel a la delincuencia era la joya de la corona de su campaña. Traer a Trinidad Steinert –avalada por su implacable historial persiguiendo al Tren de Aragua como exfiscal en Tarapacá– parecía una jugada maestra. Sin embargo, el ministerio se convirtió en un campo minado de errores no forzados y disputas internas, coronado por el fantasma del descabezamiento de la inteligencia en la PDI y la insólita confesión televisiva de no contar con un plan estructurado a corto plazo.

Ante el descalabro, el propio oficialismo comenzó a empujar la salida. Desde Renovación Nacional (RN), el senador Andrés Longton reconoció el control de daños tras la caída. “Se reconoce que hay que hacer un cambio producto de elementos que estaban distorsionando la visibilidad de la gestión (…) El costo está dispuesto a asumirlo en el momento en que corresponda y no está dispuesto a esperar más tiempo para que el daño al gobierno se siga agrandando”, comentó a la prensa.

Para tapar el bache, Kast recurrió a Martín Arrau (ex-MOP), un hombre de su más estricta confianza y de matriz dura. El timonel republicano Arturo Squella salió rápidamente a blindar el enroque y a cerrar la puerta a sus propias críticas sobre el diseño del Segundo Piso o eventuales errores de coordinación interna: “Respaldaron hacer las modificaciones, los cambios, cuando el Presidente llegó a tomar la decisión y no veo espacio alguno para andar culpando a nadie”, disparó en Radio Infinita, asegurando que “vienen buenos momentos para la política en La Moneda”. La vocería “Sin Filtros” que se ahogó en su propio ruido Si lo de Seguridad fue un problema de gestión, lo de la Secretaría General de Gobierno (Segegob) mutó en un suicidio comunicacional por goteo.

La periodista, actriz y expanelista de televisión Mara Sedini nunca logró acomodarse al tono de Estado. Su estilo confrontacional, útil para el debate televisivo feroz, se convirtió en un bumerán dentro de Palacio, donde la rigidez de diseño aisló al Gobierno y terminó enredándolo en polémicas absurdas con la oposición mientras la aprobación presidencial caía al 36% en encuestas como Cadem. La molestia en los partidos tradicionales de la derecha por este “déficit amateur” la transparentó el propio senador Longton (RN), evidenciando que el diagnóstico de la crisis era transversal en el sector.

“El aspecto comunicacional es relevante. Creo que la capacidad de interpretar y transmitir adecuadamente lo que está haciendo el gobierno fue uno de los factores fundamentales para los cambios (…). Se asume que existía un déficit en esa materia”.

En el Partido Republicano el tono ha sido más defensivo. La diputada Paz Charpentier incluso intentó relativizar el impacto señalando públicamente que las salidas se explicaban por “buenos resultados”, una defensa que terminó generando ruido incluso dentro del oficialismo por el evidente contraste con el costo político del ajuste. Casi en la misma línea, el presidente del Partido Republicano, Arturo Squella, evitó cuestionar directamente a Mara Sedini y sostuvo una lectura de continuidad respecto de su papel en la etapa de instalación del Gobierno, donde —dijo a La Segunda— “cumplió un rol fundamental”.

Añadió que enfrentó “dificultades que no dependen del Gobierno ni del país”, en alusión a coyunturas como el alza de combustibles, y enmarcó su salida más como un ajuste del diseño comunicacional que como un reproche a su desempeño, en un contexto donde –según planteó– las vocerías tienden a descentralizarse hacia los ministros sectoriales. La vieja guardia y el repliegue estratégico Para ordenar el gallinero y frenar las grietas internas, Kast tuvo que archivar la promesa del “recambio total” y llamar a los bomberos de la derecha tradicional mediante un diseño de emergencia que reconfiguró el mapa del poder. La primera gran movida fue el desembarco del experimentado estratega de la UDI, Claudio Alvarado, quien asumirá el desafío histórico de operar como biministro en las carteras de Interior y Segegob, una pirueta que el timonel del Partido Republicano, Arturo Squella, aprovechó para justificar desde la matriz ideológica de la colectividad, al plantear derechamente fusionar ambas carteras bajo la premisa de que “al Gobierno hay que adelgazarlo”.

Paralelamente, la salida de la polémica Trinidad Steinert abrió paso a Martín Arrau en el Ministerio de Seguridad Pública, buscando recuperar la impronta ideológica dura con un incondicional del piño republicano, mientras que las carteras de Obras Públicas y Transportes quedaron fusionadas bajo la conducción técnica de Louis de Grange para optimizar la gestión sectorial. Kast sacrificó a sus apuestas personales para blindarse con la experiencia de la vieja guardia. La gran incógnita de este sábado en las huestes oficialistas ya no es cómo avanzará la ambiciosa megarreforma económica en el Senado, sino si este gabinete de cirujanos logrará sanar las heridas de un Gobierno que descubrió demasiado temprano que otra cosa es con guitarra.