Jorge Drexler nos acaba de regalar la canción ’Nuestro trabajo / Los puentes’. Habla de hacer el trabajo que cada uno sabe que le toca hacer. Y cuando uno mira la realidad chilena con esa canción en la cabeza, algo llama la atención.
Una parte importante de nuestra energía pública parece dedicada a un trabajo que no se parece al que nos toca, que es el de instalar, reproducir y rentabilizar la división. Llevamos años perfeccionándolo. En la televisión, en las redes, en los análisis políticos y en las conversaciones de sobremesa, repetimos que somos un país fracturado, desconfiado, incapaz de ponerse de acuerdo.
El relato tiene algo de verdad, pero también focaliza nuestra atención. Mientras describe la división, la alimenta. Y lo que no describe, simplemente deja de existir (al menos en el relato).
Pero tengo una buena noticia que no sale en los noticiarios: Chile colabora todos los días. Colabora la vecina que cuida al hijo de otra para que pueda ir a trabajar. Colabora la empresa que entiende que su desarrollo no tiene sentido si ignora el territorio que la rodea.
Colabora el municipio que apoya a una pyme, la universidad que abre sus puertas a una organización social, el emprendedor que comparte lo que sabe con quien está empezando. Son gestos concretos, muchas veces silenciosos, que no generan clics, retuits ni titulares, pero que sostienen una parte decisiva de la vida común. El problema no es que la colaboración no exista.
El problema es que hemos dejado de reconocerla. Cuando una sociedad solo se mira desde sus fracturas, termina creyendo que la desconfianza es su destino. Eso tiene consecuencias reales, paraliza decisiones, deslegitima instituciones y convierte en adversarios a quienes deberían trabajar juntos.
En cambio, cuando una sociedad también observa sus vínculos, descubre capacidades que estaban ahí, trabajando sin estridencia, resolviendo lo que el conflicto no puede zanjar. La Revolución Francesa nos regaló tres ideas: libertad, igualdad y fraternidad. Con el tiempo, cada lado se apropió de una.
La izquierda hizo de la igualdad su bandera; la derecha, tomó la libertad. Y entre todos -de un lado y del otro- fuimos olvidando la tercera. La fraternidad no es un adorno ni una aspiración sentimental.
Es lo que impide que las otras dos se devoren entre sí. Sin ella, la libertad se vuelve soledad y la igualdad se vuelve resentimiento. Con ella, las dos se vuelven país.
La colaboración es su forma concreta, cotidiana, practicable, que solo requiere de la disposición básica a creer que con el otro se puede construir algo. Los problemas que Chile enfrenta hoy -seguridad, desarrollo, salud, infancia, empleo, educación, convivencia democrática- no encontrarán solución en un único actor. No los resuelve el Estado solo, ni el mercado solo, ni la sociedad civil sola.
Los resuelve la capacidad de articular capacidades distintas, cruzar saberes, acercar mundos que rara vez dialogan. En ese sentido, colaborar no es simpático, es eficaz. No es un gesto amable entre partes que se llevan bien; es la respuesta adaptativa a problemas que superan a cualquier actor por separado.
Un país se rompe rápido cuando se multiplican los discursos que separan; se recompone lentamente cuando aumentan las prácticas que nos vinculan. El cantautor Drexler lo dice mejor de lo que podría decirlo cualquier análisis: “Viva el valiente que tiende el puente y el valiente que lo cruza. ” Porque las dos cosas cuestan.
Tender un puente expone. Cruzarlo también. Requiere creer que del otro lado hay algo que vale la pena.
La canción también interpela “cada cual sabrá qué hacer cuando el barco se hunda. ” No es una metáfora amable. Es una pregunta concreta.
Cuando las cosas se complican de verdad, ¿tendemos el puente o lo cortamos? ¿Lo cruzamos o esperamos que otro vaya primero? La colaboración no es para los tiempos fáciles.
Es precisamente para cuando “la noche está más cerrada y más confusa. ” Y ese trabajo no lo va a hacer el gobierno solo, ni el mercado solo, ni los medios. Lo hacemos cada vez que elegimos colaborar en lugar de esperar que el otro dé el primer paso.
Ahí es donde se nota quién hace su trabajo. Ahí es donde se construye el país que no sale en los noticiarios.