Para millones de personas la política dejó de hablar de lo que realmente importa: llegar a fin de mes sin que el sueldo desaparezca a mitad del mes, regresar a casa sin miedo a un asalto en la esquina, caminar por barrios donde las incivilidades no sean la norma, o simplemente confiar en que cuando ocurre una emergencia el Estado será capaz de responder con rapidez. Son problemas prosaicos, incluso aburridos para ciertas élites ilustradas, pero son precisamente los que organizan la vida real de una sociedad. En lugar de enfrentar ese cambio cultural, una parte importante de la izquierda prefirió incomodarse con el tema.

Durante años habló de seguridad como si fuera una concesión retórica a la derecha, como si preocuparse por el delito y hacer valer el Estado de Derecho implicara abrazar un discurso autoritario. Y se prefirió seguir haciendo la política de venimos a cambiarlo todo. Porque para la mayoría de los ciudadanos la política no es una batalla cultural permanente.

No esperan que los gobiernos ganen discusiones ideológicas en redes sociales ni que definan la hegemonía simbólica del país. Esperan algo bastante más simple y bastante más exigente: que resuelvan problemas concretos. – Que la policía llegue cuando se la llama.

– Que el camino a casa sea seguro y tranquilo. – Que la economía permita vivir con cierta estabilidad. – Que el Estado aparezca cuando realmente se lo necesita.

En sencillo, la historia de la sociedad no se escribe sólo con ideas, sino en gran medida por las condiciones materiales de la vida. La frase no es de los Amarillos, Demócratas u otros que cruzaron el río, sino de Karl Marx en el 18 Brumario de Luis Bonaparte. Antes de cualquier proyecto ideológico, antes de cualquier promesa emancipadora, los seres humanos deben resolver las condiciones materiales de su existencia.

Tal vez la tarea más urgente de la izquierda sea volver a leer al viejo Marx, pero de verdad, para entender por qué una parte importante del país decidió que era momento de cambiar de dirección.