En La Teoría del Pituto (Yuras, 2025), el fenómeno del Pituto deja de ser una simple práctica informal y se configura como un mecanismo capaz de provocar una diferenciación socio-laboral. No se trata de operar “fuera” del sistema, sino, coexiste: acompaña el discurso meritocrático, rodea la gobernanza y convive con el compliance sin entrar en conflicto abierto. La fragmentación se traduce en una clasificación de grupos, por lo que es factible examinar la siguiente tipología de individuos: Los Pro- Pituto: Son quienes asumen un apoyo férreo al Pituto.
Manifiestan que es ineludible para ingresar y desarrollarse en una organización. En consecuencia, hay que sumarse al sistema. Los Pituto-fóbicos: Son quienes manifiestan un rechazo categórico al Pituto.
No lo toleran y no aceptan su existencia. No soportan ingresar a ese sistema de privilegios. Los Conversos: Son quienes manifiestan un rechazo indiscutible al Pituto.
Pero, a pesar de ello, se han beneficiado silenciosamente de él y han modificado la percepción negativa que poseían de esta práctica. Los Resignados: Sin bien, no necesariamente resisten la presencia del Pituto, pero asumen su existencia y, por lo tanto, no tienen más opción que entrar al sistema que lo promueve. Los Excluidos: Son aquellos que, independientemente de la opinión que posean del Pituto, no gozan de las conexiones para obtener los beneficios que se derivan de él.
Los indiferentes: Les guste o no, asumen que existe el Pituto, que es parte del sistema. Les da lo mismo si son beneficiados o no. Si bien, esta clasificación pudiere ser advertida bajo un contexto irónico -aun cuando no menos realista-, explica por qué el Pituto persiste: no por falta de normas, sino porque distintos actores lo reproducen, lo toleran o lo normalizan desde posiciones complementarias.
Atenuar su efecto fragmentador exige reducir la distancia entre gobernanza declarada y practicada, tensionar el compliance hacia decisiones reales para afianzar aquello que hoy se manifiesta de manera poco transparente.