El recrudecimiento de tensiones en Medio Oriente reactivó un viejo temor en los mercados: el shock energético. En un contexto de elevada volatilidad el petróleo llegó a superar los US$ 120 por barril antes de retroceder. Aun así, la reacción de los mercados fue contenida.

Mientras el crudo escalaba y luego se moderaba hacia la zona de US$ 110, el S&P 500 marcaba máximos históricos, incluso en un escenario que recuerda el libreto clásico de estanflación. Pero en el régimen actual -marcado por shocks de oferta y mega fuerzas- la lectura es menos lineal, observándose mayor dispersión entre sectores y países. “Desde el inicio del conflicto, EEUU ha mostrado mejor desempeño que Europa, con el sector tecnológico ampliando la dispersión.

Incluso con mayores costos, se sigue premiando a los ‘ganadores’ estructurales”. Lejos de ignorar el riesgo, los mercados parecen intentar ponderarlos. Es claro que el alza del precio del petróleo actúa como un impuesto global, encareciendo transporte, insumos y energía.

Sin embargo, su impacto macroeconómico depende de dos factores que siguen abiertos: la duración de la disrupción y su traspaso a la inflación subyacente. Este punto es clave en un “mundo moldeado por la oferta”, donde restricciones de suministro pueden dominar la macro. Mientras esas respuestas no se aclaren -y el shock sea percibido por el mercado como acotado- la renta variable puede sostenerse.

El segundo soporte han sido las utilidades corporativas del primer trimestre. Los resultados publicados hasta ahora muestran una sorpresa positiva generalizada. Con casi 60% de las empresas del S&P 500 habiendo reportado, más de 80% superó expectativas, con crecimiento de utilidades de dos dígitos.

Más relevante aún es el mensaje de la dirección futura: márgenes resilientes y una demanda que, pese a la incertidumbre geopolítica, sigue mostrando solidez. En este contexto, la fortaleza de utilidades en EEUU ha permitido darle sustento a una postura más favorable hacia activos de riesgo. En particular, acciones estadounidenses y de mercados emergentes de manera selectiva, con inteligencia artificial como eje central de inversión y expectativas de crecimiento.

Una vez más, la clave para mantener esta posición es la duración del shock energético. A ello se suma un factor estructural: la concentración. Las mega tecnológicas siguen dominando el desempeño relativo, apoyado en su escala y capacidad de inversión.

Desde el inicio del conflicto, EEUU ha mostrado un mejor desempeño que Europa, con el sector tecnológico ampliando la dispersión. El mensaje es claro: incluso con mayores costos, se sigue premiando a los “ganadores” estructurales. Nada de esto implica ausencia de riesgos.

Las presiones inflacionarias ya estaban latentes antes del shock y los bancos centrales enfrentan un margen de maniobra más estrecho. Un precio del petróleo sostenidamente en niveles de tres dígitos reforzaría esa restricción, dificultando recortar tasas. La lectura para Chile y la región es doble.

El riesgo geopolítico puede convivir con bolsas firmes cuando pesan más las utilidades y la innovación que el ruido de corto plazo. Pero el ajuste puede llegar por otro canal: inflación, tasas y crecimiento. En este contexto, más que apuestas “todo o nada”, la estrategia pasa por selectividad y exposición a mega fuerzas, en un mundo donde la energía podría seguir siendo más cara por más tiempo.