El verano ya no es una estación acotada ni exclusiva de ciertos meses. Según evidencia reciente, el calor se adelanta, se extiende y ocupa cada vez más espacio en el calendario, alterando rutinas, ecosistemas y dinámicas cotidianas. Este fenómeno no solo redefine la duración de la estación cálida, sino que también obliga a repensar la relación entre las personas y su entorno.

Un equipo de la Universidad de Columbia Británica (UBC) analizó más de 60 años de datos climáticos globales y concluyó que el verano comienza antes, termina después y acumula temperaturas más altas que en décadas pasadas. El estudio, publicado en Environmental Research Letters, muestra que estos cambios avanzan incluso más rápido que lo previsto por proyecciones anteriores. Una estación en expansión y cada vez más intensa Los resultados indican que los veranos no solo se alargan, sino que también se vuelven más extremos.

Para medirlo, los investigadores redefinieron el concepto de verano, basándose en la cantidad de días que superan ciertos umbrales históricos de temperatura, calculados a partir del período 1961-1990, en lugar de las fechas del calendario. Desde 1990, la duración promedio del verano ha aumentado entre cinco y siete días por década en distintas zonas del planeta, incluidas regiones interiores, costeras y oceánicas de latitudes medias. En comparación con los años sesenta, esto implica una expansión cercana a un mes.

Alargando considerablemente la estación que, en promedio, dura tres meses. Algunos casos ilustran la magnitud del cambio: en Sídney, el verano pasó de durar 80 días a 130 desde 1990, mientras que en Toronto creció a un ritmo de ocho días por década. En palabras de Ted Scott, dichas en un comunicado oficial de la universidad: “Estos hallazgos desafían lo que creemos sobre el ciclo normal de las estaciones.

El momento en que ocurre el verano y la rapidez con que llega influyen sobre patrones y comportamientos de la vida vegetal, animal y humana”. Cómo se mide el nuevo verano Para determinar estos cambios, el equipo utilizó registros diarios de temperatura del aire, medidos a dos metros de altura, entre 1961 y 2024. A partir de esos datos, aplicaron una técnica matemática que permite identificar cuándo las temperaturas superan los valores típicos de calor en cada región.

El análisis excluyó zonas tropicales y polares, donde las estaciones no están claramente definidas, y consideró por separado áreas continentales, costeras y oceánicas. Además, incorporó un nuevo indicador: el “calor acumulado”, que mide la intensidad del calor a lo largo del tiempo. Este enfoque permitió detectar que, especialmente en el hemisferio norte, no solo hay más días de calor, sino que estos son más intensos.

También evidenció transiciones más abruptas entre estaciones, con primaveras y otoños que se acortan. Estas variaciones pueden desencadenar efectos en cadena: floraciones adelantadas sin presencia de polinizadores, deshielos más rápidos que provocan inundaciones o alteraciones en ciclos biológicos clave. Los impactos que ya se hacen visibles Las consecuencias de este fenómeno se extienden a múltiples ámbitos.

Sectores como la agricultura, el abastecimiento de agua, la salud pública y la energía —diseñados bajo patrones climáticos del pasado— enfrentan hoy condiciones distintas. De acuerdo con la Organización Meteorológica Mundial (OMM), la década 2015-2025 fue la más cálida registrada, marcada por olas de calor, sequías e inundaciones que afectan tanto a ecosistemas como a sociedades. A esto se suman datos de la NASA y del Panel Intergubernamental sobre Cambio Climático (IPCC), que advierten sobre efectos irreversibles del calentamiento global, como el aumento del nivel del mar y la intensificación de eventos extremos.

En Europa, por ejemplo, el verano de 2024 fue el más cálido registrado, con temperaturas 1,54°C por sobre el promedio histórico reciente, según el servicio climático Copernicus. El estudio de la UBC advierte que la prolongación del verano podría aumentar la demanda de refrigeración, afectar la productividad agrícola y modificar la propagación de enfermedades asociadas al calor. Incluso zonas costeras, tradicionalmente consideradas más moderadas, muestran incrementos acelerados tanto en duración como en intensidad del calor.

En este contexto, los investigadores subrayan la urgencia e importancia de adaptar los modelos de planificación y las políticas climáticas a un escenario en transformación, donde las estaciones, tal como se conocían, se están transformando.