Puede que logren destruir un régimen. Y puede que derriben un gobierno, pero es allí donde la memoria de Carras vuelve con toda su fuerza, porque el verdadero error de Craso no fue simplemente perder una batalla. Fue algo mucho más profundo: despreciar una civilización que no comprendía.

Las guerras, cuando desgraciadamente ocurren, no se libran para destruir pueblos o civilizaciones. Se libran para imponer condiciones que permitan restablecer un orden y, finalmente, reconstruir la paz. Y cada vez que la ilusión ciega aparece, la historia vuelve a repetir la misma advertencia que dejó Carras hace más de dos mil años: Ese es, exactamente, el verdadero craso error.