Boric no entra, al menos por ahora, en esa galería de presidentes asociados a una gran transformación de época. Creo que sus ardientes partidarios se equivocan cuando intentan forzar esa imagen. No necesita ser presentado como un refundador frustrado ni como el autor de una obra descomunal que los chilenos simplemente no hemos comprendido.

Esa lectura, además de poco convincente, reincide en el vicio de medir los gobiernos solo por su potencia simbólica. Tal vez convenga decirlo de manera más simple: después de años en que Chile estuvo fascinado con su propia crisis, con sus pulsiones de ruptura, con su agotamiento constitucional y con la teatralidad de vivir siempre al borde de un gran recomienzo, el principal aporte del gobierno de Boric fue que el país volvió a parecerse a una democracia normal. Una democracia discutida, desigual, a ratos mediocre, pero democracia al fin, con elecciones irreprochables, con cauces institucionales, con mayorías y minorías alternándose sin desgarros terminales.

Por eso mismo harían bien sus partidarios en defenderlo sin complejos. La normalidad democrática no es una renuncia, a veces es una conquista. Y también haría bien el nuevo gobierno de Kast en reconocerlo honestamente, en vez de insistir en relatos forzados de “emergencia” y “reconstrucción”, como si Chile hubiese salido de un derrumbe total, y no de un proceso que, precisamente, terminó probando la resiliencia de su institucionalidad.

La alternancia no desmiente ese legado, lo confirma. Porque a veces el verdadero legado de un presidente no consiste en dejar un país fundado de nuevo. Consiste, más sobriamente, en entregarlo funcionando bien.