La frase, pronunciada por el presidente José Antonio Kast el 29 de abril de este año, no es sólo una crítica a consideraciones ambientales resguardadas normativamente. Se trata de un marco de referencia, o frame, en el que se demarcan los límites ontológicos (lo que son las cosas que existen en el mundo), cosmológicos (la posición que ocupan las cosas en el mundo) y éticos (lo que es legítimo hacer con estas cosas). Lo que acabo de escribir suena a lenguaje rebuscado, pero es más sencillo de lo que aparenta: bajo la cosmovisión que nos domina, los seres humanos estamos situados por sobre todas las cosas que existen en el mundo, cosas que usualmente percibimos como “recursos”, y que además están disponibles para nuestro beneficio.

Bajo ese prisma, poner en duda este marco de referencia es poner en jaque a nuestro propio mundo: significa dicotómicamente o salvar a los pirigüines en desmedro del agricultor, o salvar al agricultor de los pirigüines, pirigüines que ponen en jaque su posibilidad de desarrollar la agricultura de la que depende su familia. Este frame explica, en parte, la obsesión de las grandes empresas por exigir certeza jurídica sobre la propiedad de las cosas que están explotando, ya sea de manera privada (como cuando los árboles, rocas y animales son propios, pudiendo excluir a otros de su uso) como de manera privativa (como sucede cuando el Estado les garantiza a través de concesiones un uso preferencial para explotar aguas, tierras o subsuelo, pudiendo también excluir a otros usuarios). Esta ficción, que el prestigioso economista Richard Norgaard plantea que ha alcanzado el nivel de una religión global, está a la base de la actual devastación que experimenta nuestro mundo.

Lo hace, porque ciega a las personas respecto a su actuar negligente. Por ejemplo, cuando las flotas pesqueras exigen al Estado más cuotas para extraer, a pesar de que ya no hay más disponibilidad de peces o moluscos porque se agotaron. O cuando las empresas salmoneras en su actuar convierten las aguas oxigenadas -en las que crecen sus propios peces- en aguas hipóxicas (bajas en oxígeno) e incluso anóxicas (carentes de oxígeno).

Este debate, que se desenvuelve en un campo eminentemente político, está viciado porque ocurre en un entorno cosmogónico y ontológico cerrado y excluyente hacia otras posibilidades de mundo. Esto es grave porque nuestro territorio posee más cosmovisiones y ontologías que amplían nuestra relacionalidad hacia elementos y especies que nos rodean y con quienes co-habitamos. El estanque que es tomado como ejemplo del frame mencionado puede ser concebido existencialmente como un contenedor de agua para plantas de cultivo y brebaje de ganado, siendo ambos usuarios preferenciales.

En este contexto, los pirigüines y otras especies silvestres pueden alcanzar la condición de parásitos, porque usufructan el agua del ganado y plantas de cultivo de un estanque que en sí es privado, de uso exclusivo del agricultor. Pero muy distinto resulta concebir este estanque, incluso si es de origen antrópico, desde otras cosmovisiones y ontologías: p. ej.

, como un ‘menoko’, un lugar que por sí mismo tiene la condición de entidad ya que puede ser el hogar de un ngenko (espíritu tutelar) o en sí mismo un ngenko. ¿Por qué resulta importante esta acotación? , porque esta entidad tutelar resguarda que todas las vidas que interactúan en el lugar -incluyéndonos a nosotros- tengan derecho a mantener su vitalidad, y castigará el acaparamiento egoísta de quien transgreda este principio ético de relacionalidad.

Esta forma de pensarse en el mundo tiene analogías con la ecología, porque los pirigüines cuestionados no son unos parásitos que amenazan el bienestar del agricultor: por el contrario, aceleran la descomposición de materia orgánica, controlan el crecimiento de algas, y reducen la acumulación de sedimento. Además, el beneficio que proveen no solo resulta beneficioso para la familia, ganado y plantas del agricultor, sino para todas las vidas que se relacionan en este espacio y que mantienen relaciones contributivas entre sí, logrando que el agua esté disponible y limpia. Por este motivo, las diferencias cosmogónicas y ontológicas no sólo demarcan mundos y relacionalidades distintas (con efectos concretos en el medio ambiente), sino también la ética que nos vincula.

A propósito de ello, Ricardo Rozzi, ecólogo y filósofo chileno, insiste en que no es posible que exista ética separada del medio ambiente: en sí misma es nuestro ethos, el lugar que habitamos, nuestra casa, nuestro hogar. Transgredir este hogar es transgredir los principios basales que sostienen nuestra vida en el mundo. El agricultor y su familia proveen beneficios a otras especies al generar un estanque acuático, y estas especies proveen beneficios al agricultor y a su familia al asegurar la limpieza de sus aguas.

Más allá del manoseado concepto de “servicios ecosistémicos”, esta relacionalidad da cuenta más bien de contribuciones recíprocas, y es un fiel reflejo de como ha funcionado el mundo vivo desde sus orígenes. La conservación de los humedales -ontológica y cosmogónicamente- puede diferir radicalmente según el lugar desde que pensemos el mundo: puede ser un obstáculo para vivir (lo que resultaría absurdo, porque impediría sostener aguas limpias para el ganado y las plantas del agricultor), o un espacio en el que sabemos que nuestro bienestar depende de los pirigüines, ranitas y otras vidas con quienes convivimos.